Los linchamientos digitales pueden desembocar en linchamientos reales. Las redes sociales han transformado la forma en la que denunciamos, opinamos y exigimos justicia, pero también han abierto una peligrosa puerta a una especie de justicia extralegal: la justicia de la turba.
Umberto Eco dijo que internet eliminó toda posibilidad de censura. Y con ello, también eliminó los filtros. Hoy todos podemos opinar, grabar, exhibir, compartir. Pero ¿qué sucede cuando esa libertad se transforma en una sentencia colectiva? ¿Cuándo lo que circula no es sólo información sino condena?
El linchamiento digital no es un fenómeno nuevo, pero sí profundamente alarmante. Manfred Berg define el linchamiento como “un castigo extralegal cometido por un grupo que actúa con la expectativa de impunidad”. En el entorno digital, esto se traduce en publicaciones masivas de odio, amenazas, acoso y destrucción de reputaciones, muchas veces sin verificar los hechos, sin escuchar la otra parte, sin contexto ni proceso legal.
Vivimos en una sociedad donde la reputación se ha vuelto una moneda de cambio. Ana María Olabuenaga explica que las redes sociales se mueven en un plano moral: el que goza de buena reputación es respetado; el que la pierde, es exiliado. En este escenario, el juicio público se da con likes, retuits y comentarios encendidos. No se necesita juez, ni pruebas, ni tiempo. Basta un video de unos segundos, un malentendido, una frase sacada de contexto.
El fenómeno de las “ladies” y “lords” ilustra esto claramente. Nació como una forma de ironizar la prepotencia de ciertas personas, pero ha evolucionado en una práctica donde cualquiera puede ser exhibido y juzgado. No importa si eres figura pública o no; todos estamos a un clic de ser el próximo blanco de la indignación digital.
Y esto va más allá de lo que se ve. Detrás de la pantalla, las emociones desbordadas –miedo, rabia, impotencia– encuentran una válvula de escape. En palabras de Manuel Castells, “el poder en la sociedad red es el poder de la comunicación”. Y en una comunicación sin regulación emocional, sin conciencia, el resultado puede ser devastador.
¿Por qué nos desbordamos? Porque falta inteligencia emocional, autorregulación y conciencia. La masa, como bien lo explica la psicología social, no piensa. Se envalentona. Siente que no hay consecuencias. Se refugia en el anonimato, en la colectividad. Y en las redes, nadie olvida. La persona puede desaparecer de la vida pública, pero la “versión digital” de su linchamiento permanece, accesible con una simple búsqueda.
Hay quienes justifican este fenómeno con la pérdida de confianza en las autoridades. Y sí, hay vacíos de poder. Pero eso no legitima que nos convirtamos en jueces y verdugos. La exigencia de justicia no puede traducirse en venganza, ni en violencia. Porque lo que empieza como un post puede terminar en tragedia, no se puede construir justicia sobre las cenizas del odio.
La educación mediática es hoy más urgente que nunca. Necesitamos enseñar –y aprender– a pensar antes de compartir, a verificar antes de condenar, a distinguir entre indignación y odio. No todo merece viralizarse. No todo debe compartirse. Y, sobre todo, no todo debe resolverse con violencia.
¿Dónde queda la compasión? Esa palabra que parece ingenua, pero que es profundamente revolucionaria. La compasión nos recuerda que todos, incluso quienes se equivocan, merecen ser tratados con dignidad. Que antes de señalar, debemos comprender. Que la justicia no es linchar, sino reparar.
Cada uno de nosotros lleva un celular en la mano. Y con él, un poder inmenso. Podemos informar o deformar. Podemos defender o destruir. Podemos encender la empatía o alimentar la furia.
Los linchamientos digitales no son una forma de justicia. Son una forma moderna de barbarie. Y lo más grave es que, muchas veces, no dejan espacio para la redención ni para la verdad. Porque en el linchamiento no se habla de una persona real, sino de una imagen creada colectivamente, una caricatura condenada a arder.
La responsabilidad es nuestra. Como sociedad, como usuarios, como seres humanos. No se trata de callar las denuncias legítimas, sino de canalizarlas por vías legales y humanas. No se trata de justificar conductas inaceptables, sino de evitar que, en nombre de la justicia, repitamos las mismas violencias que queremos erradicar.
La próxima vez que veas un video indignante, detente. Respira. Pregúntate: ¿esto construye o destruye? ¿Estoy buscando justicia o venganza? ¿Estoy contribuyendo a una solución o sólo replicando odio?
Porque, como bien dice una de las frases que más nos confrontan: “El origen de todas las injusticias es creerse mejor que otra persona, o más aún, creer que por ello tenemos derecho a castigarla. Eso nunca ha cambiado la historia, solo ha dejado montañas de piedras ensangrentadas sobre las que no se puede construir nada.”
