Durante décadas, Jeffrey Epstein fue considerado un enigma. A menudo vestido de manera informal, con jeans azules y el cabello despeinado, el ultrarrico financiero de Manhattan se comportaba con un aire de suficiencia que trascendía las imágenes estáticas en las que aparecía.
Era notoriamente influyente, con un círculo amplio y ecléctico que incluía miembros de la realeza, líderes mundiales, magnates empresariales, científicos reconocidos y líderes de pensamiento. Epstein se presentaba como un erudito cultural, conversando con el director Woody Allen y su esposa Soon-Yi Previn sobre el cineasta sueco Ingmar Bergman. Cuando declinó con pesar una invitación para asistir a un simposio sobre improvisación en música clásica, el organizador lamentó que extrañarían su “pensamiento musical”. Su cuenta de Amazon, según Bloomberg, lo retrata como un lector prolífico y versátil, con decenas de títulos adquiridos sobre filosofía, matemáticas, inversión, figuras históricas y “erotismo de corte medio”.
Pero Epstein no era lo que parecía. En julio de 2019 fue arrestado y acusado de dirigir una red de tráfico sexual tan vasta y hermética que, años después de su muerte en agosto de ese mismo año, el mundo sigue intentando comprender cómo logró operar con tal descaro durante tanto tiempo. El mes pasado, tras la aprobación de un proyecto de ley bipartidista impulsado por el Congreso en noviembre, el Departamento de Justicia finalmente publicó más de tres millones de archivos de investigación sobre un hombre considerado hoy uno de los traficantes sexuales más prolíficos de la historia, con cientos de víctimas.
Si bien los documentos ayudan a dimensionar el alcance de sus crímenes —y la red de personas poderosas a su alrededor— también arrojan luz sobre la personalidad de un delincuente enigmático. La abrumadora cantidad de correos electrónicos, mensajes de texto, registros comerciales, bitácoras de vuelo y estados de cuenta de tarjetas de crédito comienza a desmantelar los mitos que lo rodeaban. Revelan a un hombre que quizás no era el esteta cultural integral que quería hacer creer a su entorno influyente. Sus correos son secos, fragmentarios y lacónicos, plagados de errores ortográficos y gramaticales. Aquel que fue considerado un genio de las inversiones con una brillante mente matemática ha visto cuestionadas esas credenciales.
Los correos también muestran a Epstein como un manipulador consumado, especialmente con las mujeres. Alternaba de manera calculada entre la adulación y el reproche. En su mundo, nada se daba sin la expectativa de una retribución, incluso algo tan aparentemente simple como una playlist musical.
Rolling Stone revisó miles de estos archivos para comprender mejor cómo Epstein utilizaba la música en su vida diaria. Se convirtió en una herramienta inesperada de manipulación. Apelaba a su supuesto interés por la música clásica para convencer a una estudiante de que acudiera a su casa en el Upper East Side y le enseñara teoría musical y sobre el compositor francés Claude Debussy. Al menos otras dos jóvenes en su entorno aspiraban a convertirse en cantantes, y Epstein ofrecía apoyo condicionado.
En marzo de 2015, envió a una mujer una foto en la que ella aparecía junto a un sonriente Bill Gates, escribiendo “el año pasado”. Luego la reprendió, señalando que ahora estaba “de vuelta en tu cuarto, ya que solo sigues tu propio consejo”. Añadió: “alma negra de chica blanca polaca con acento no [retrata] tus habilidades. buena suerte”. Cuando ella respondió de forma escueta —“buena suerte y adiós”— Epstein replicó con aspereza: “Es hora de madurar”.
También utilizaba a personas más jóvenes para mantenerse al día con la música actual. Correos electrónicos muestran que insistía repetidamente en que le prepararan y enviaran playlists en memorias USB para escucharlas en su automóvil o en su avión privado. En mayo de 2017 pidió a una mujer que compilara canciones con “solo lo que a ti te gusta”. Ese mismo mes, el pianista francés Simon Ghraichy le envió la playlist mensual de Air France y ofreció encargarse de una para su avión, señalando que “evitaría lo hispano”.
En varios intercambios, solicitudes aparentemente ligeras eran seguidas de impaciencia cuando no recibía las listas con prontitud, derivando en leves reprimendas. En octubre de 2011, una remitente cuyo contacto guardó como “Uncle F” le envió una lista de canciones de club después de que él insinuara que estaría más dispuesto a ayudarla a conseguir un conferencista invitado si “Uncle F tenía la playlist prometida”.
La estudiante —que previamente le explicó que estaba “tan tan tan estresada con la escuela”— envió una lista orientada al baile, con remixes EDM de canciones como “Moves Like Jagger” de Maroon 5, “Set Fire to the Rain” de Adele y “Shake It Out” de Florence + The Machine. Muchas terminaron en una cuenta de Spotify vinculada previamente a Epstein, en una lista pública titulada “Celina”.
Epstein también reprendió a otra joven por no enviarle música en febrero de 2012: “Programé mi día en torno a ti”, escribió en un correo con errores. “No has sido amable conmigo, sin playlist… me dices que no haces nada todo el día más que relajarte en el departamento que te doy, y luego dices que no tienes tiempo para hacer una playlist… eres maravillosa, pero estoy muy decepcionado de cómo me tratas como amigo”.
Quería acceso constante a su música, incluso en el consultorio del dentista. Su personal enviaba recordatorios para que su iPod estuviera cargado y llevara audífonos. Fue uno de los primeros entusiastas de Spotify tras su lanzamiento en EE.UU. en 2011 (llegó a invertir un millón de dólares en la empresa). Se quejaba cuando sus dispositivos no sincronizaban automáticamente con Spotify o iTunes y tenía un “genio personal” en marcación rápida para contraseñas y soporte técnico.
Epstein se presentaba como un hombre de gustos culturales refinados. Según una novia, sus canciones favoritas incluían la Novena Sinfonía de Beethoven y “Do You Hear the People Sing?” de Les Misérables. Sin embargo, sus preferencias diarias coincidían con las de muchos hombres nacidos en 1953. En su Spotify Wrapped 2016, sus géneros principales eran “soft rock” y “mellow gold”. Entre sus canciones más escuchadas figuraban “I’m Coming Out” de Diana Ross, “He Ain’t Heavy, He’s My Brother” de Marion Williams y “Hold On I’m Comin’” de Sam & Dave.
Desde 2011 creó varias playlists en Spotify, añadiendo canciones de Simon & Garfunkel y Whitney Houston, además de listas dedicadas a Elton John, The Beatles y Ludwig van Beethoven.
Antes de Spotify, gastó miles de dólares en iTunes y alquiló o compró películas como Repo! The Genetic Opera, Honey (protagonizada por Jessica Alba), Hot Tub Time Machine, Eyes Wide Shut, Dangerous Liaisons y The Affair of the Necklace. Más tarde reportó problemas al descargar títulos como Airplane, Animal House, Forrest Gump, The Silence of the Lambs, Rocky, My Fair Lady y The Sound of Music.
Los millones de documentos publicados despojan a Epstein del aura de misterio que cultivó cuidadosamente, revelando a un criminal prolífico que utilizó la fachada de cultura, gusto y acceso para perpetrar abusos extraordinarios.
