Así habría respondido el hijo imposible de Peña Nieto y Shakespeare al ver la reacción pública cuando el general Ricardo Trevilla, secretario de la defensa, derramó algunas lágrimas habló en “la mañanera del pueblo” acerca de los 23 elementos del ejército que perdieron la vida durante la detención del “Mencho”.
Las respuestas de los guerreros del internet y de los críticos a ultranza no se hicieron esperar y, con tristeza, veo que muchos de ellos piensan que la emoción que mostró el militar fue inapropiada, débil y hasta falsa.
Cada quien.
Yo prefiero, por mucho, que los puestos de poder en este país y en el mundo estén ocupados por seres humanos que se asuman como tales y, por lo tanto, se den permiso de flaquear ante situaciones difíciles, que no tengan vergüenza o molestia de mostrar sus emociones y que se sientan mal cuando, por la naturaleza de su trabajo y de la encomienda que han aceptado, le ordenen a otras personas poner su vida en peligro por el bien del colectivo.
Yo sí me acuerdo, no hace mucho tiempo, el 18 de septiembre de 2020 para ser exactos, cuando un presidente, que se proclamaba humanista, amoroso y democrático, se reía, en cadena nacional, del encabezado de un periódico que denunciaba las 45 masacres que, hasta ese momento del año, se habían dado en México.
Ese mismo presidente, el cual decía estar del “lado correcto de la historia”, “no ser igual a los otros” y “no pertenecerse a sí mismo, sino al pueblo”, fue también el que se rehusó a cambiar y adaptarse cuando llegó una pandemia que paralizó al mundo y prefirió hacer chistes acerca de usar el “detente enemigo” en lugar de poner énfasis en acciones de salud concretas.
Como resultado de sus gracejadas y su irresponsabilidad, México fue el país que más personal de salud perdió durante la pandemia, personal de salud que asumió los riesgos y los encaró, como era su deber, pero que fue abandonado a su suerte, tanto por el presidente como por la persona a la que puso al frente de la lucha contra el COVID el cual anda hoy en Suiza becado por nosotros.
¿Ustedes creen que al presidente al que me refiero le importó o le molestó siquiera poner en riesgo y sacrificar a tantos médicos, enfermeras y personal de salud con tal de no dar reversa a sus proyectos faraónicos y a su urgencia de pasar a la historia?
Cada vez que se le cuestionaba al respecto, salía con un chiste, pedía que pusieran “Los caminos de la vida” o procedía, lleno de indignación, a descalificar a quien disentía, aunque tuviera la evidencia en la mano.
Este mismo presidente se rehúso, una y otra vez, a recibir o a darle voz a las madres buscadoras, o a cualquiera que hubiera perdido familiares a manos del crimen organizado, alegando que tenía que proteger su investidura, lo cual no pareció importarle cuando fue varias veces a Badiraguato a saludar a la mamá de un conocido criminal, o cuando dijo en su mañanera que le iba a solicitar al gobierno estadounidense la visa para que dicha señora pudiera ir a ver a su hijito.
No le importó dejar crecer al crimen organizado y aceptar su financiamiento, alegando que “ya venía desde antes” y que “la culpa es de Calderón”, hasta que su sucesora, más por las presiones externas que recibió durante muchos meses (ojo, no es agradecimiento ni apoyo a Trump) que por convicción propia, ya no pudo fingir demencia.
Esa misma sucesora, mientras México ardía y sus ciudadanos pasaban horas de angustia, siguió la escuela del presidente anterior y no tuvo la HUMANIDAD ni el sentido del DEBER para salir a dar la cara y decir “aquí estoy, limpiando el tiradero que dejamos crecer y, aunque no comenzó conmigo, yo sí estoy dispuesta a hacer lo posible por terminarlo y me solidarizo con todos los que la están pasando mal”
Ante eso, prefiero, por mucho a un ser humano que, al parecer, sí tiene conciencia y sí le causa conflicto y tristeza el mandar personas a morir.
Yo quiero que me gobiernen humanos, no mesiánicos sin corazón.
Cada quien…
