¡VAN A CAER! El libro de Scherer desata investigaciones de EUA contra AMLO y su vocero Jesús Ramírez

La frase retumba como una profecía lanzada al aire en medio del vendaval político: van a caer. No es un eslogan, no es una consigna de campaña, es el eco de una narrativa que se ha instalado con fuerza tras la publicación del libro de Julio Scherer, un texto que, más allá de sus páginas, ha encendido un incendio mediático que ya no se limita a México, sino que apunta directamente hacia Washington.

En las últimas horas, el nombre de Jesús Ramírez, vocero presidencial y uno de los hombres más cercanos a Andrés Manuel López Obrador, ha comenzado a circular en versiones que hablan de investigaciones por parte del gobierno de Estados Unidos. No existen comunicados oficiales, no hay expedientes públicos, pero el simple rumor ha sido suficiente para activar alarmas en los círculos políticos, donde se interpreta este movimiento como una señal de que el cerco internacional podría estarse cerrando.

La escena es casi cinematográfica: mientras en México se multiplican las denuncias, filtraciones y testimonios sobre presuntos vínculos entre figuras de Morena y el crimen organizado, en el discurso público se empieza a deslizar una pregunta incómoda, ¿por qué ciertos funcionarios no viajan a Estados Unidos?, ¿por qué algunos evitan pisar Washington, el Capitolio, Nueva York? La ausencia se vuelve sospecha, y la sospecha se transforma en narrativa.

Según las versiones que circulan en espacios de opinión política, el libro de Scherer habría revelado nombres, relaciones y episodios que antes solo se comentaban en voz baja. Ahora, lo que antes era “oposición hablando” se convierte en “información desde dentro”, un cambio de origen que altera por completo la percepción del mensaje. Ya no se trata solo de ataques externos, sino de fracturas internas dentro del propio círculo de poder.

El caso del alcalde de Tequila, Jalisco, detenido por presuntos vínculos con el Cártel Jalisco Nueva Generación, funciona como símbolo de una dinámica más amplia. Videos antiguos, donde figuras nacionales promovían su candidatura, han resurgido como piezas de archivo incómodas, pruebas visuales de una cercanía política que hoy se intenta borrar. La narrativa oficial habla de casos aislados, pero la narrativa paralela insiste en un patrón sistemático.

Desde esta óptica, el problema no es solo la infiltración del narco en la política, sino algo más profundo: la fusión entre partido y Estado. Durante décadas, México luchó por separar al PRI del aparato gubernamental, construir instituciones autónomas, establecer contrapesos reales. Hoy, según esta visión crítica, el país estaría viviendo el proceso inverso, con Morena absorbido por el Estado y el Estado permeado por intereses criminales.

Y ahí aparece la figura central del relato: Andrés Manuel López Obrador. No como presidente en funciones, sino como expresidente que, según múltiples analistas, sigue ejerciendo un poder informal, un “maximato moderno” donde coexisten dos centros de mando. Una presidencia bicéfala, una estructura de poder sin reforma constitucional, pero con efectos reales sobre la toma de decisiones.

“DOS CABEZAS, UN SOLO PODER.”

Esa es la imagen que se repite en columnas, programas de análisis y debates digitales. Una presidenta que gobierna en lo formal y un expresidente que influye en lo real. En ese contexto, cualquier investigación extranjera no se percibe solo como un proceso judicial, sino como una amenaza directa a la arquitectura política del país.

El papel de Estados Unidos se vuelve entonces un factor desestabilizador clave. Nadie lo tenía en el radar, dicen. La presión internacional, las investigaciones por narcotráfico, los casos de extradición, la cooperación bilateral en seguridad, todo eso introduce una variable que el oficialismo no controla. Después de lo ocurrido con Venezuela, con Maduro, con otras figuras latinoamericanas, el fantasma de una intervención legal externa deja de parecer imposible.

El discurso de “defensa de la soberanía” emerge como respuesta automática. Pero para muchos críticos, esa narrativa no busca proteger al país, sino frenar investigaciones incómodas. Defender la soberanía, en este contexto, se interpreta como defender la opacidad, mantener cerrados los archivos, evitar que ciertas relaciones salgan a la luz.

La pregunta de fondo ya no es si existen vínculos entre política y crimen organizado, sino hasta qué punto esos vínculos estructuran el sistema. Separar al narco del Estado, separar a Morena del Estado, separar al poder de sí mismo. Tres batallas simultáneas que definen el presente mexicano.

Mientras tanto, el vendaval sigue creciendo. Declaraciones, libros, filtraciones, videos rescatados, caricaturas políticas, todo alimenta una sensación colectiva de crisis. Una crisis que no se explica solo por la inseguridad o la economía, sino por una percepción de captura del Estado, de instituciones subordinadas, de un régimen que cambió sin que nadie votara explícitamente por ese cambio.

Lo más inquietante es que esta narrativa no viene solo de opositores tradicionales, sino de exaliados, exfuncionarios, antiguos miembros del sistema. Voces que antes defendían al proyecto hoy hablan de traición, de desviación, de corrupción estructural. Y cuando las críticas vienen desde dentro, el golpe es doble.

La historia todavía se está escribiendo. No hay sentencias, no hay comunicados oficiales desde Washington, no hay pruebas judiciales públicas. Pero el simple hecho de que el rumor exista, de que se hable de investigaciones, de que se mencione a nombres concretos, ya es suficiente para alterar el equilibrio del poder.

Porque en política, muchas veces, la percepción es tan poderosa como la realidad. Y cuando la percepción es que van a caer, el sistema entero empieza a temblar.

By Chihuahua es mi tierra

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