Si algo dejó claro la elección de 2024 en Chihuahua además de quién ganó, fué quién no participó.
Más de la mitad del padrón electoral decidió no acudir a las urnas o lo hizo sin convicción clara. Ese dato, que suele perderse entre porcentajes y triunfos partidistas, es en realidad la clave para entender lo que viene en 2027.
Porque hoy, mientras los actores políticos se mueven, se posicionan y se miden en encuestas, hay una verdad incómoda: ningún proyecto político tiene garantizada la mayoría real del electorado.
Las mediciones más recientes colocan a Morena con ventaja en intención de voto, mientras el PAN se mantiene competitivo como segunda fuerza. Pero el problema no está en quién va arriba, sino en lo que no se dice con suficiente claridad: hay un porcentaje significativo de indecisos y una abstención estructural que puede superar el 40%.
Eso convierte cualquier encuesta en una fotografía incompleta.
Porque una cosa es declarar una preferencia en un ejercicio demoscópico y otra muy distinta es levantarse, salir de casa y votar.
En ese tramo —el que separa la intención de la acción— es donde se definirá la elección.
En Chihuahua existe un electorado silencioso que no aparece en los discursos ni en las estrategias tradicionales: el ciudadano desencantado.
Es el que ya no cree en campañas, el que ve la política como confrontación permanente, el que percibe que los problemas siguen ahí sin importar quién gobierne.
Ese votante no está con Morena ni con el PAN. Tampoco está en los eventos, ni en los espectaculares, ni en las redes sociales. Está en su casa. Y en 2024, decidió quedarse ahí.
Pero en 2027 podría hacer algo distinto.
Y si lo hace, todo cambia.
Hoy vemos a figuras como Andrea Chávez construyendo posicionamiento mediático, a Cruz Pérez Cuéllar consolidando estructura en el norte del estado, mientras en el PAN perfiles como Marco Bonilla, Santiago De la Peña y Cesar Jauregui se mueven entre gobierno y proyección política bajo el respaldo de la administración de Maru Campos.
Todos están en campaña, aunque oficialmente no lo estén.
El problema es que esa intensidad política no necesariamente se traduce en mayor participación ciudadana. Al contrario: la saturación de mensajes, ataques y narrativa puede generar más hartazgo que interés.
Y ahí está el riesgo para todos.
La elección de 2027 no será únicamente entre Morena y el PAN. Será entre dos escenarios:
• Uno donde vota la misma mitad de siempre, y el resultado lo define la maquinaria electoral.
• Otro donde participa una mayoría más amplia, y el resultado lo define el ánimo social.
Esa es la verdadera disputa.
Porque si algo ha demostrado Chihuahua es que cuando la participación sube, el comportamiento electoral cambia. Y cuando baja, el poder se concentra en quienes saben movilizar estructuras.
La democracia no se debilita cuando gana un partido u otro. Se debilita cuando la mayoría decide no participar.
Si en 2027 se repite el nivel de abstención de 2024, el próximo gobierno estatal llegará con una legitimidad limitada por el simple hecho de haber sido elegido por una minoría activa.
Y eso, en un contexto de polarización y desconfianza, puede convertirse en un problema de gobernabilidad.
Hoy la clase política en Chihuahua parece enfocada en ganar la conversación pública, en posicionarse en encuestas y en anticipar candidaturas.
Pero la pregunta de fondo sigue sin responderse:
¿quién está trabajando realmente para que la gente vuelva a creer en votar?
Porque al final, la elección de 2027 no se decidirá en los cuartos de guerra, ni en las encuestas, ni en los discursos.
Se decidirá en algo mucho más simple, y mucho más complejo:
si la gente decide salir de su casa… o no.
Σλ
