En la política mexicana contemporánea ha surgido un nuevo tipo de aspirante que podría describirse como el “candidato Danna Paola”. No porque tenga relación directa con la cantante Danna Paola, sino porque encarna una política construida más en la estética, el espectáculo y la percepción digital que en la realidad de gobierno.
Hay políticos que no viven en el territorio que dicen gobernar. Habitan, más bien, en un mundo de caramelo construido por ellos mismos: un universo paralelo donde todo funciona, todo avanza y todo es celebrado. Ese mundo se alimenta de tres ingredientes básicos: encuestas a modo, redes sociales cuidadosamente editadas y narrativas alternativas de la realidad.
En ese universo, las encuestas siempre los colocan arriba, aunque en la calle nadie pueda identificar con claridad sus resultados. Son estudios demoscópicos que aparecen oportunamente para reforzar una percepción de popularidad que muchas veces no coincide con el ánimo ciudadano. No importa si la metodología es opaca o si las casas encuestadoras son desconocidas; lo relevante es el titular que diga “lidera preferencias”.
Las redes sociales completan el escenario. Ahí el candidato vive rodeado de selfies con filtros, videos perfectamente iluminados y comentarios positivos que parecen surgir en cascada. El problema es que la política real no se mide en likes. La aprobación digital puede inflarse con granjas de bots, seguidores comprados o ejércitos de cuentas recién creadas que repiten consignas como si fueran espontáneas.
El tercer elemento del mundo de caramelo son “otros datos” sobre la gestión pública. Cuando la realidad contradice el discurso, se recurre a cifras alternativas, interpretaciones convenientes o comparaciones cuidadosamente seleccionadas. Así, un problema estructural se convierte en un logro narrativo, y una crisis se presenta como un éxito de comunicación.
Este tipo de candidato cree que la política funciona como un escenario musical: basta con el espectáculo para mantener cautiva a la audiencia. Pero la diferencia entre un concierto y un gobierno es sencilla: la realidad no se puede editar.
Las calles, los servicios públicos, la seguridad, la economía local y la percepción ciudadana terminan por imponer su propia narrativa. Y cuando eso ocurre, el mundo de caramelo se derrite rápidamente bajo el sol de la realidad.
El riesgo para la política es evidente: cuando los aspirantes comienzan a creer su propio personaje digital, dejan de escuchar a la ciudadanía real. Gobernar exige contacto con los problemas, asumir críticas y reconocer límites; no basta con construir un relato agradable para la cámara.
Porque al final, la política no se decide en Instagram, Facebook o Tik Tok ni en encuestas hechas a la medida. Se decide en la vida cotidiana de la gente, donde los filtros no existen y los resultados o su ausencia, se sienten todos los días.
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