
Porque votar no es un acto de fé, es una decisión responsable: informarse, exigir cuentas y elegir sin fanatismos es la verdadera fuerza de la gente.
En cada proceso electoral se repite la misma escena: campañas saturadas de espectaculares, discursos floridos, spots cuidadosamente editados y una lluvia de encuestas que intentan marcar tendencia. Pero en medio de todo ese ruido hay una pregunta esencial que pocas veces nos hacemos con la seriedad que merece: ¿estamos votando con la cabeza fría y la información completa?
El voto no es un acto automático ni un trámite más en el calendario democrático. Es una herramienta de poder ciudadano. Es el mecanismo más directo que tiene la sociedad para premiar, castigar, corregir y orientar el rumbo de sus gobiernos. Por eso debe ser meditado, informado y libre.
Meditado, porque las decisiones apresuradas suelen favorecer a quienes mejor dominan la propaganda, no necesariamente a quienes mejor saben gobernar. Informado, porque la democracia se debilita cuando la ciudadanía desconoce el pasado, los vínculos, los intereses y los antecedentes de quienes buscan representarla. Y libre, porque ningún condicionamiento, ni económico, ni partidista, ni emocional, debería influir en la conciencia de quien deposita su voto.
Aquí es donde muchos se incomodan: para que el voto sea verdaderamente informado, es indispensable sacar los trapos sucios de todos los candidatos que los tengan. De todos!; Sin importar el partido, la ideología o la simpatía personal. La transparencia no puede ser selectiva ni acomodarse a conveniencia.
Si un aspirante tiene antecedentes de corrupción, conflictos de interés, negligencia administrativa, enriquecimiento inexplicable o incongruencias graves entre su discurso y su actuar, la ciudadanía tiene derecho a saberlo. Y no como chisme de campaña, sino con datos verificables, con contexto y con responsabilidad.
Además, hay otro fenómeno que merece atención: aquellos candidatos o precandidatos que navegan con la bandera de la ecuanimidad. Se presentan como líderes justos, imparciales, abiertos al diálogo y comprometidos con tratar a todos los ciudadanos por igual. El discurso suena impecable. Hablan de piso parejo, de inclusión, de gobernar sin colores.
Sin embargo, una vez en el ejercicio del poder, o incluso desde la antesala, terminan beneficiando a unos cuantos. A los cercanos. A los compadres. A los aliados estratégicos. A quienes representan conveniencia política o económica. El trato “ecuánime” se convierte en discurso de campaña, mientras en la práctica prevalece el compadrazgo, la cuota y el favor.
Ese doble discurso es especialmente peligroso, porque se disfraza de virtud. No es el político abiertamente parcial; es el que promete equilibrio y termina operando con discrecionalidad. Por eso el voto informado también debe revisar no solo lo que dicen, sino a quiénes han beneficiado en los hechos. Con quiénes se rodean. A quiénes nombran. A quiénes asignan contratos o posiciones clave.
Algunos argumentarán que exhibir errores o escándalos “debilita la democracia”. Es al revés. Lo que la debilita es el encubrimiento. Lo que la erosiona es el silencio cómplice. Lo que la lastima es el fanatismo que convierte a los candidatos en figuras intocables.
Una democracia madura no teme a la verdad; la exige. Y una ciudadanía madura no defiende personas, defiende principios.
Esto implica también asumir que ningún partido tiene el monopolio de la virtud ni del vicio. En todas las fuerzas políticas hay perfiles valiosos y también perfiles cuestionables. El voto consciente rompe con el automatismo partidista y obliga a evaluar trayectorias, resultados, coherencia y redes de influencia.
Y en ese ejercicio de madurez democrática aparece una herramienta que suele incomodar a las dirigencias partidistas, pero que fortalece a la ciudadanía: el voto cruzado.
El voto cruzado no es traición ni confusión; es criterio. Es la decisión consciente de elegir a la persona mejor preparada para cada cargo, aunque pertenezca a partidos distintos. Es separar la boleta por perfiles y no por siglas. Es reconocer que se puede confiar en un candidato para un puesto y desconfiar de su partido en otro nivel de gobierno.
Cuando el ciudadano vota cruzado envía un mensaje claro: el respaldo no es un cheque en blanco. Obliga a la construcción de contrapesos. Fomenta el diálogo institucional. Reduce el riesgo de mayorías automáticas que aprueban todo sin cuestionar. Enriquece la democracia porque equilibra el poder.
El buen gobierno no surge de la concentración absoluta, sino de la vigilancia, el contraste y la responsabilidad compartida. Y el voto cruzado puede ser una herramienta legítima para lograrlo.
Votar es un derecho. Pero también es un acto de responsabilidad colectiva.
Porque el poder es de la gente… cuando la gente decide pensar.
