Hay momentos en que un país deja de discutir por unos minutos. No porque desaparezcan los problemas, sino porque encuentra algo más grande que ellos. Eso ocurrió con la Selección Mexicana al cerrar la fase de grupos del Mundial 2026 con paso perfecto: tres partidos, tres victorias, nueve puntos y un futbol que, por primera vez en muchos años, hace pensar que este equipo puede aspirar a algo más que el ya conocido “quinto partido”.
Pero el verdadero triunfo no estuvo únicamente en el marcador. Estuvo en las calles.
Desde la Ciudad de México hasta Guadalajara, Monterrey, Querétaro y decenas de ciudades del país, los Fan Fest, las plazas públicas y los restaurantes se convirtieron en un mismo estadio. En Chihuahua capital, la glorieta de Francisco Villa volvió a ser el punto de encuentro donde miles de personas olvidaron por unas horas las preocupaciones diarias para abrazarse con desconocidos vestidos de verde. Lo mismo ocurrió en otras sedes mundialistas, donde la fiesta se prolongó hasta altas horas de la noche entre cánticos, banderas y familias completas celebrando.
Hay quienes consideran que el deporte es un escape de la realidad. En realidad, es un reflejo de ella.
Porque el mexicano celebra, sí, pero también resiste.
Resiste cuando la inflación aprieta el bolsillo. Resiste cuando la inseguridad obliga a modificar rutinas. Resiste cuando la incertidumbre económica frena inversiones o cuando la polarización política parece dividir cualquier conversación. Resiste cuando siente que las instituciones no siempre responden a la altura de las circunstancias.
Durante los últimos años, México ha vivido una etapa marcada por una intensa confrontación política, debates sobre seguridad, salud, economía y el rumbo de las instituciones públicas. Para muchos ciudadanos, el balance del periodo de gobierno de Morena y la llamada Cuarta Transformación ha estado acompañado por desencanto ante problemas que persisten pese a las promesas de cambio.
Y, sin embargo, el mexicano sigue adelante.
Esa quizá sea la mayor enseñanza que deja este Mundial.
Mientras la política suele dividir entre buenos y malos, conservadores y progresistas, pueblo y adversarios, el futbol logró exactamente lo contrario: reunir a millones de personas que piensan distinto, votan distinto y viven realidades económicas completamente diferentes.
En la tribuna no importó por quién se votó en 2018, 2021 o 2024.
Importó el gol.
Importó el himno.
Importó la bandera.
Importó México.
Paradójicamente, el Mundial ha recordado algo que la clase política parece olvidar con frecuencia: la identidad nacional es mucho más fuerte que cualquier proyecto sexenal.
Porque ningún gobierno inventó el orgullo mexicano.
Tampoco ningún partido político puede apropiarse de él.
Ese orgullo nació mucho antes de cualquier administración y seguirá existiendo cuando todas ellas sean historia.
La Selección de Javier Aguirre representa justamente esa capacidad de sobreponerse a la adversidad. Llegó con dudas, con críticas y con un entorno de escepticismo. Hoy lidera su grupo con nueve de nueve puntos, sin conocer la derrota y despertando una ilusión que parecía perdida.
¿No es acaso una metáfora del propio país?
México lleva años enfrentando desafíos enormes. Pero cada vez que parece tocar fondo, encuentra la manera de levantarse.
Lo hace el empresario que sigue invirtiendo.
Lo hace el comerciante que abre su negocio cada mañana.
Lo hace el trabajador que sale antes del amanecer.
Lo hace la madre que sostiene a su familia.
Y también lo hace el aficionado que, aun después de décadas de decepciones mundialistas, vuelve a creer.
Quizá por eso las celebraciones de estos días tienen un significado distinto.
No son únicamente por un resultado deportivo.
Son la expresión de una sociedad que necesita buenas noticias.
Que necesita volver a creer que las cosas pueden salir bien.
Que necesita recordar que, cuando los mexicanos trabajan con disciplina, orden y objetivos claros, pueden competir con cualquiera.
Ojalá la clase política también aprenda algo de este Mundial.
En la cancha no gana quien más divide.
Gana quien mejor trabaja en equipo.
Porque mientras once futbolistas demostraban que la unidad produce resultados, millones de mexicanos recordaban que el verdadero rival nunca ha sido quien piensa distinto.
El verdadero desafío sigue siendo construir un país que esté a la altura de su gente.
Y si algo ha dejado claro este Mundial, es que el talento, la pasión y la capacidad para salir adelante nunca han faltado en México.
Lo que sigue haciendo falta, muchas veces, es que quienes gobiernan jueguen con el mismo compromiso que hoy demuestra la Selección Nacional.
Sí se puede!..
