ANABEL HERNÁNDEZ REVELA QUIÉN ENTREGÓ A JESÚS RAMÍREZ Y POR QUÉ SHEINBAUM EXPLOTÓ EN PALACIO

La escena no ocurrió frente a cámaras, no hubo micrófonos, no hubo comunicados oficiales, pero según varias fuentes que conocen el movimiento interno de Palacio Nacional, lo que pasó ese fin de semana fue una de las discusiones más violentas que se recuerdan desde que Claudia Sheinbaum asumió la presidencia, una pelea que no se explica solo por egos ni por diferencias políticas, sino por miedo, por traición y por un libro que amenaza con romper el pacto de silencio más sólido del obradorismo.

Todo empezó con un nombre que durante años fue intocable: Jesús Ramírez Cuevas. El operador mediático, el guardián del discurso presidencial, el hombre que controlaba la llave del micrófono y el flujo de millones en comunicación social. El que decidía quién existía y quién no existía en la narrativa oficial. El que abría la puerta. El que cerraba filas. El que sabía demasiado.

Y entonces apareció Anabel Hernández.

No como protagonista directa del conflicto, sino como la periodista que empezó a documentar lo que otros apenas se atrevían a susurrar: que dentro del círculo más cercano de López Obrador había una guerra silenciosa por el control del dinero, de los archivos y de los secretos, y que alguien, desde adentro, estaba dispuesto a entregar a uno de los suyos para salvarse.

El detonante fue un libro. El libro de Julio Scherer Ibarra, exconsejero jurídico de la presidencia, uno de los hombres que literalmente caminaba por los pasillos del poder con acceso a todo: expedientes, acuerdos, llamadas, favores, presiones. Un libro que, según versiones previas conocidas por periodistas de investigación, no solo habla de intrigas políticas, sino de cifras concretas, nombres propios y mecanismos de desvío que involucran directamente a Jesús Ramírez Cuevas.

Veintisiete mil millones de pesos.

No es una cifra retórica. No es una exageración de redes sociales. Es el número que aparece una y otra vez en los borradores que comenzaron a circular en círculos periodísticos: recursos destinados originalmente a los extrabajadores de Luz y Fuerza del Centro, administrados a través de organismos federales, y que según la versión de Scherer fueron usados para construir estructuras de apoyo político, financiar redes internas y sostener la maquinaria electoral del lopezobradorismo.

Cuando Claudia Sheinbaum se enteró del contenido del libro, la reacción no fue política, fue visceral.

Hubo gritos. Hubo reclamos. Hubo una discusión cerrada en oficinas donde no entran asesores ni testigos. Y al final, según las mismas fuentes, una orden directa: Jesús Ramírez Cuevas tenía que irse. No como sacrificio simbólico, no como ajuste administrativo, sino como una forma de cortar una fuga que ya no se podía controlar.

La pregunta es inevitable.

¿Quién lo entregó?

Aquí es donde entra la versión más incómoda: no fue la oposición, no fue la prensa crítica, no fue la derecha, no fue la “guerra sucia”. Fue alguien del propio sistema. Alguien que estuvo adentro, que manejó expedientes, que vio movimientos financieros, que conocía los flujos reales de dinero. Y ese alguien, según lo que Anabel Hernández ha venido documentando en distintas investigaciones, pertenece al mismo círculo que durante años protegió a Jesús Ramírez Cuevas.

Una traición interna.

Un ajuste de cuentas entre quienes ya no confían unos en otros.

Porque en la lógica del poder de la 4T, la lealtad no es moral, es funcional. Se es leal mientras se es útil. Cuando alguien se convierte en un riesgo, deja de ser compañero y se transforma en problema. Y los problemas se eliminan.

La figura de Scherer es clave en esta historia porque no es un outsider, no es un crítico externo, no es un opositor ideológico. Es alguien que firmó documentos, que negoció con empresarios, que defendió al gobierno en tribunales, que fue parte de la arquitectura legal del régimen. Precisamente por eso su testimonio es tan peligroso: no habla desde la especulación, habla desde la memoria interna del poder.

Y eso explica la furia de Sheinbaum.

No porque descubriera de pronto que había corrupción, sino porque el relato estaba a punto de escapar de su control. Porque no era un reportaje más, era un libro firmado por uno de los suyos. Un libro que, según adelantos, no solo expone el caso de Ramírez Cuevas, sino que describe cómo funcionaban los mecanismos informales de financiamiento político, cómo se usaban organismos públicos como cajas negras y cómo se compraban silencios, voluntades y líneas editoriales.

El golpe no es solo jurídico, es simbólico.

Jesús Ramírez Cuevas no era un funcionario cualquiera, era el arquitecto del discurso, el hombre que diseñó la narrativa de las mañaneras, el que decidía qué temas existían y cuáles desaparecían, el que repartía presupuestos millonarios a medios, periodistas, agencias y plataformas digitales. Su poder no estaba en el cargo, estaba en la red.

Por eso su caída genera pánico.

No solo en Palacio, sino en redacciones, en productoras, en portales, en comentaristas que durante años vivieron del flujo de recursos de comunicación social. Si Ramírez cae, caen muchos con él. No políticamente, sino económicamente.

Y aquí aparece el otro miedo: que Scherer no se detenga.

Que este libro sea solo el primer capítulo.

Que después vengan más nombres, más cifras, más mecanismos. Que se empiecen a cruzar datos con investigaciones previas. Que lo que hoy es un escándalo político se convierta mañana en un expediente judicial. Que la narrativa de “no somos iguales” termine archivada junto a las grandes promesas incumplidas del sistema político mexicano.

¿Puede López Obrador salvar a Jesús Ramírez Cuevas?

En teoría, sí. En la práctica, ya no del todo. Aunque AMLO intervenga, aunque lo acomoden en Morena, aunque lo reciclen como vocero o estratega partidista, el daño ya está hecho. Su nombre está ligado a un presunto desfalco histórico. Su figura dejó de ser invisible. Y en política, cuando pierdes la invisibilidad, pierdes la protección real.

Lo que está en juego no es un cargo.

Es el control del relato del pasado.

Porque si Scherer logra imponer su versión, si el libro se convierte en referencia obligada, si las investigaciones periodísticas empiezan a cruzar datos con documentos oficiales, entonces la historia de la 4T ya no se escribirá desde las mañaneras, sino desde los archivos.

Y eso, para un régimen construido sobre el control del discurso, es el peor de los escenarios.

La explosión de Sheinbaum no fue solo por Ramírez Cuevas.

Fue por la sensación de que alguien abrió una grieta en el muro del silencio.

Y una vez que entra la primera filtración, ya no hay forma de sellarlo.

By Chihuahua es mi tierra

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