Hay una regla no escrita en la política que pocos se atreven a reconocer: no todos los que se apuntan a una candidatura quieren gobernar. Algunos simplemente quieren que los vean.
Conforme se acerca la definición de la candidatura del PAN a la alcaldía de Chihuahua capital, la cabalgata comienza a dejar una imagen muy clara. Hay quienes cabalgan para llegar a la meta y hay quienes, conscientes de que difícilmente la alcanzarán, permanecen en el grupo únicamente para levantar polvo.
Y el polvo, aunque haga ruido, también estorba.
La competencia interna es sana cuando eleva el nivel del debate, confronta ideas y fortalece al partido. Pero deja de ser un ejercicio democrático cuando algunos aspirantes convierten la contienda en una estrategia de promoción personal, sin aportar una ruta clara para ganar la elección constitucional.
En los últimos meses hemos visto una intensa promoción de distintos perfiles panistas. Carlos Olson, Rafael Loera, Alan “El Cabrito” Falomir y Jorge Soto han aparecido de manera constante en espectaculares, campañas digitales, entrevistas, encuestas difundidas en redes sociales y publicaciones patrocinadas. Todos tienen derecho a aspirar. Nadie puede negarles esa posibilidad.
Lo que sí merece una explicación es otra cosa.
¿Quién paga todo eso?
Porque los espectaculares cuestan.
Las campañas en redes sociales cuestan.
Las mediciones que se difunden una y otra vez cuestan.
La operación política cuesta.
Y cuando todavía no existe una campaña constitucional, resulta legítimo que la ciudadanía se pregunte de dónde provienen esos recursos y con qué propósito se invierten.
No se trata de insinuar ilegalidades sin pruebas. Se trata de exigir transparencia en una actividad que inevitablemente genera cuestionamientos cuando el despliegue publicitario supera con mucho la lógica de una simple promoción institucional.
Más preocupante aún es el costo político.
Cada semana que transcurre alimentando aspiraciones que, según la percepción de numerosos analistas y diversas mediciones publicadas, parecen tener pocas posibilidades de consolidarse, es una semana que el PAN deja de invertir en construir unidad, fortalecer un proyecto común y preparar la elección que verdaderamente importa: la constitucional.
Porque las candidaturas no se ganan únicamente con deseos.
Se construyen con resultados, liderazgo, capacidad de gobierno y competitividad electoral.
Y es precisamente ahí donde el escenario parece haberse ido decantando.
Sin existir todavía una definición oficial del partido, la tendencia que muestran distintas mediciones públicas y el comportamiento político de los últimos meses colocan a Santiago de la Peña como el perfil que mayor crecimiento ha registrado dentro del panismo capitalino. Su posicionamiento ha sido constante, su presencia política se ha consolidado y, para muchos observadores, la ventaja que ha construido comienza a parecer suficientemente amplia como para perfilarlo como el aspirante más competitivo.
Eso no significa que la decisión esté tomada.
Significa que la realidad política empieza a imponerse sobre las aspiraciones personales.
Y es justamente ahí donde se mide el tamaño de un liderazgo.
Porque cualquiera puede pedir una oportunidad.
No cualquiera sabe reconocer cuándo ha llegado el momento de respaldar al proyecto con mayores posibilidades de triunfo.
La política necesita menos egos y más sentido de responsabilidad.
Menos aspirantes de ocasión y más constructores de acuerdos.
Menos campañas para negociar espacios y más proyectos para ganar elecciones.
El verdadero liderazgo no consiste en permanecer arriba del caballo hasta el último kilómetro, aun sabiendo que la carrera está perdida.
Consiste en tener la madurez de hacerse a un lado cuando el interés colectivo exige unidad.
Porque mientras unos siguen levantando polvo para que parezca que continúan en la competencia, otros avanzan hacia la meta.
Y al final, la historia rara vez recuerda a quienes hicieron más ruido.
Recuerda a quienes entendieron que el partido, la ciudad y los ciudadanos siempre deben estar por encima de cualquier ambición personal.
