La carrera por la candidatura del PAN a la Presidencia Municipal de Chihuahua comienza a subir de temperatura.
Y con ella aparecen los grupos, las lealtades, los operadores, los ataques y, también, una vieja tentación de la política: hacer pasar los intereses particulares como si fueran intereses del partido.
Porque sí: el PAN tiene que elegir candidato. Y debe elegirlo bien.

No se trata de minimizar la importancia de la decisión interna. Todo lo contrario. Elegir al candidato adecuado será una de las decisiones políticas más importantes que enfrentará el panismo de Chihuahua rumbo a 2027.
Precisamente por eso, la discusión debería ser mucho más seria que una guerra entre grupos.
De un lado está el proyecto que impulsa al exfiscal César Jáuregui. Del otro, Santiago de la Peña, actual secretario general de Gobierno y uno de los perfiles que ha venido creciendo en las mediciones hasta colocarse como uno de los punteros.
Y alrededor de ambos se mueven dirigentes, funcionarios, exfuncionarios, operadores y personajes con distintas historias y distintos intereses.
Hasta ahí, todo es legítimo.
La política es así.

Lo que comienza a preocupar es cuando algunos pretenden utilizar la bandera del panismo como argumento para descalificar a otro panista.
Como si hubiera quienes hubieran recibido el certificado de “auténtico panista” y desde ahí pudieran decidir quién merece o no representar al partido.
Hay algo que debería quedar muy claro:
El PAN no tiene dueños.
Ni una corriente, ni un grupo, ni un funcionario, ni un exfuncionario, ni un aspirante.
El PAN es una institución política con historia, principios, militantes y una responsabilidad frente a la sociedad.

Por eso resulta cuando menos curioso que algunos ataques contra Santiago de la Peña pretendan presentarse como una defensa de la identidad panista.
¿De verdad el debate debe ser quién es más panista?
¿O debería ser quién está mejor preparado para gobernar Chihuahua?
Porque si alguien considera que Santiago de la Peña no debe ser candidato, está en todo su derecho de decirlo.
Pero entonces que explique por qué.
Que hable de su desempeño.
Que cuestione sus decisiones.
Que presente propuestas.
Que explique por qué César Jáuregui, Manque Granados o cualquier otro perfil sería una mejor opción.
Eso es competencia política.

Lo que no parece competencia política es recurrir a la descalificación, al etiquetado de “verdadero panista” y a la utilización de grupos internos para intentar cerrar el paso a un adversario.
Si quieren vencer a Santiago, que lo hagan con argumentos.
Aquí aparece una pregunta que también debería hacerse el panismo:
¿Quiénes están detrás de cada aspirante y qué intereses representan?
Porque los candidatos no caminan solos.
Hay grupos políticos que los acompañan.
Hay funcionarios y exfuncionarios que los respaldan.
Hay personas que han construido carreras alrededor de determinados proyectos.
Y hay quienes, legítimamente, creen que un candidato es la mejor opción.

Pero también existe otro fenómeno en la política: aquellos que no necesariamente están defendiendo al candidato, sino defendiendo lo que esperan obtener de su eventual triunfo.
Ahí es donde la sociedad debe poner atención.
Porque algunos pueden estar moviéndose por convicción.
Otros, quizá, por revancha.
Algunos por lealtad.
Otros por conveniencia.
Y otros porque simplemente no quieren perder el espacio que actualmente ocupan.
En política siempre ha existido el llamado “hueso”.
Y sería ingenuo pensar que todos los que hoy levantan con mayor fuerza la bandera del panismo lo hacen exclusivamente pensando en el interés de Chihuahua.

Hay quienes pueden tener cuentas pendientes con la actual administración estatal.
Hay quienes pueden sentirse desplazados de posiciones que alguna vez ocuparon.
Hay quienes pueden estar inconformes con decisiones de la gobernadora Maru Campos.
Y hay quienes simplemente no quieren perder el espacio que hoy tienen.
Todo eso es humano.
Pero Chihuahua no tiene por qué pagar las facturas de las guerras internas de los políticos.
Si alguien considera que fue injustamente separado de un cargo, tiene derecho a cuestionarlo.
Si alguien está inconforme con la gobernadora Maru Campos, tiene derecho a expresarlo.
Si alguien considera equivocada una decisión del Gobierno del Estado, puede criticarla.
Pero una cosa es ejercer el derecho a disentir y otra muy distinta convertir una candidatura en el vehículo para cobrar viejas facturas.

Y aquí está el punto delicado:
¿Estamos frente a una verdadera discusión sobre quién es el mejor candidato para Chihuahua o frente a una disputa entre grupos que buscan conservar o recuperar espacios de poder?
La pregunta no es menor.
Porque si detrás de un proyecto político existen intereses personales o de grupo, esos intereses deberían quedar fuera de una decisión que le pertenece al partido y, finalmente, a los ciudadanos.
No se trata de acusar a nadie sin pruebas.
Se trata de preguntar.
Y en política, a veces las preguntas son mucho más poderosas que las acusaciones.

César Jáuregui tiene todo el derecho de buscar la candidatura.
Sus simpatizantes tienen todo el derecho de respaldarlo.
Y nadie debería cuestionar eso.
Pero si pretende representar al PAN en una elección tan importante, también debe aceptar que su trayectoria será revisada por la militancia y, eventualmente, por todos los ciudadanos.
Eso incluye sus aciertos, sus resultados y también las decisiones polémicas de su paso por la administración pública.
Su salida de la Fiscalía forma parte de su trayectoria política y, por lo tanto, será inevitablemente un elemento que el electorado valore.
Lo mismo debe suceder con cualquier otro aspirante.
Aquí no debe haber candidatos intocables.
Todos tienen que pasar por el mismo filtro.
Y ese filtro debe ser el de la capacidad, la experiencia, los resultados, la trayectoria y la confianza ciudadana.

Y luego está el verdadero electorado;
Hay algo que algunos parecen olvidar en medio de esta disputa:
muchos de los que votaremos en 2027 no somos panistas.
Tampoco somos morenistas.
Ni priistas.
Ni de Movimiento Ciudadano.
Somos ciudadanos!
Ciudadanos que queremos que Chihuahua tenga un buen alcalde.
Que queremos una administración eficiente.
Que queremos seguridad.
Que queremos mejores servicios.
Que queremos una ciudad ordenada, moderna, competitiva y con capacidad para enfrentar los problemas que vienen.
Y cuando llegue el momento de votar, probablemente nos importará muy poco quién tiene más antigüedad dentro del PAN, quién tiene más operadores o quién puede presumir más fotografías con dirigentes.
Nos va a importar quién está mejor preparado.
Quién tiene experiencia.
Quién conoce la administración pública.
Quién ha dado resultados.
Quién puede gobernar para todos.
Y, sobre todo, quién tiene una trayectoria que pueda sostenerse frente al escrutinio ciudadano.

Porque una elección interna se gana con votos panistas.
Pero una elección constitucional se gana con ciudadanos.
Y esa diferencia puede ser determinante.
Por eso el PAN tiene que tener mucho cuidado.
La candidatura a la Presidencia Municipal de Chihuahua no puede convertirse en premio para un grupo.
No puede ser moneda de cambio.
No puede ser recompensa por lealtades.
No puede ser mecanismo para recuperar espacios perdidos.
Y tampoco puede definirse únicamente por quién tiene más operadores o quién es capaz de hacer más ruido dentro del partido.
Debe definirse por quién tiene mayores posibilidades de representar al PAN y ganar la elección.
Por quién puede convencer a los ciudadanos que no tienen partido.
Por quién puede enfrentar una campaña completa sin que su pasado se convierta en el principal argumento de sus adversarios.
Y por quién tenga la capacidad de gobernar una ciudad que cada día exige más.

El riesgo de cualquier partido cuando se encierra demasiado en sus disputas internas es olvidar que afuera hay un electorado observando.
Mientras los grupos se enfrentan por la candidatura, Morena también se prepara.
Mientras unos discuten quién es el ¨verdadero panista¨, otros están construyendo su estrategia electoral.
Mientras algunos pretenden utilizar el pasado para destruir a un adversario interno, los ciudadanos estamos esperando que alguien nos diga cómo piensa resolver el futuro.
Y ahí está la verdadera batalla.
No solamente dentro del PAN.
En las calles de Chihuahua.
En las colonias.
En las familias.
En los ciudadanos independientes.
En aquellos que no tienen una camiseta partidista, pero sí tienen una credencial para votar.
La política interna del PAN debe ser intensa.
Debe haber competencia.
Debe haber debate.
Debe haber diferencias.
Pero también debe existir madurez.

Porque al final todos deberían perseguir el mismo objetivo: presentar a los chihuahuenses al mejor candidato posible.
Si ese candidato termina siendo César Jáuregui, que sea porque convenció con su trayectoria y su propuesta.
Si termina siendo Santiago de la Peña, que sea porque logró demostrar que es la mejor opción.
Y si es cualquier otro, exactamente lo mismo.
Que gane el mejor.
Pero que gane el mejor para Chihuahua, no el mejor para un grupo.
Porque una cosa es tener intereses políticos y otra muy distinta es tener intereses en Chihuahua.
Y quizá esa sea la pregunta que todos los aspirantes, sus equipos y quienes los rodean deberían hacerse antes de levantar la voz para atacar al adversario:
¿Estoy defendiendo al candidato que considero mejor para Chihuahua o estoy defendiendo lo que yo puedo perder si gana el otro?
La respuesta a esa pregunta dirá mucho más del verdadero panismo que cualquier discurso.
Porque Chihuahua no necesita dueños.
Necesita buenos gobiernos.
Y el PAN no necesita grupos que se sientan propietarios de sus siglas.
Necesita candidatos.
Candidatos capaces, preparados, competitivos y con una trayectoria que puedan defender frente a todos los chihuahuenses.

Porque al final, los panistas tendrán la responsabilidad de elegir quién aparecerá en la boleta.
Pero después vendrá la decisión verdaderamente importante.
La de los ciudadanos.
Y esos ciudadanos no vamos a votar por el que grite más fuerte que es panista.
Vamos a votar por quien consideremos que puede gobernar mejor Chihuahua.
JSL
