El pecado capital de Morena

Hay pecados que no se cometen en una iglesia, sino en la política.

Y quizá el mayor pecado de Morena en Chihuahua sea precisamente ese: olvidarse de quienes estuvieron ahí cuando casi nadie creía que Morena podía convertirse en una fuerza política nacional.

Porque una cosa es ganar elecciones y otra muy distinta construir un movimiento.

Quienes conocen la historia de Morena en Chihuahua saben que hubo hombres y mujeres que caminaron durante años cuando el partido no tenía gobiernos, presupuesto, estructura ni posiciones que repartir.

Entre esos personajes están dos nombres que hoy resultan particularmente incómodos para las cúpulas: el profesor Martín Chaparro y el licenciado Óscar Castrejón.

No son recién llegados.

No son políticos que descubrieron Morena cuando aparecieron las posibilidades de ganar.

No llegaron desde otro partido buscando una candidatura.

Son, para decirlo claramente, morenistas de origen.

Y ahí comienza el problema.

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Martín Chaparro ha sido una figura identificada históricamente con la construcción de Morena en Chihuahua. Su trayectoria dentro del movimiento no comenzó ayer.

En marzo pasado, grupos de fundadores de Morena salieron públicamente a respaldarlo para buscar la candidatura a la gubernatura.

Y posteriormente Chaparro formalizó su registro para participar en el proceso interno por la coordinación de defensa de la transformación y la soberanía nacional, reivindicando precisamente su trayectoria dentro del movimiento.

Entonces cabe una pregunta sencilla:

¿Cómo puede un partido hablar de unidad mientras sus propios fundadores sienten que tienen que tocar la puerta para ser escuchados?

El problema no es que existan nuevos cuadros.

Morena tiene todo el derecho de abrirse a ciudadanos, empresarios, académicos, políticos y dirigentes provenientes de otras fuerzas.

El problema aparece cuando la apertura hacia afuera termina convirtiéndose en desprecio hacia adentro.

Porque una cosa es sumar.

Otra muy diferente es sustituir.

Y una tercera, todavía peor, es hacerle sentir al militante de años que su lealtad no vale nada frente al recién llegado que puede aportar votos, estructura o relaciones políticas.

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El caso de Óscar Castrejón es todavía más revelador.

Su trayectoria dentro del movimiento viene de muchos años atrás. Ha sido un personaje identificado con Morena desde sus primeras etapas y participó en momentos en los que ser candidato de este partido significaba competir prácticamente contra todo el sistema político.

No llegó a Morena cuando Morena se convirtió en una maquinaria electoral.

Estuvo antes.

Por eso resulta difícil entender que un personaje con semejante trayectoria pueda quedar fuera de algunas de las mediciones que se han utilizado para medir a los aspirantes a la Presidencia Municipal de Chihuahua.

Y aquí aparece otra pregunta incómoda:

¿Por qué quienes ayudaron a construir Morena parecen tener cada vez menos espacio en las decisiones del partido?

No se trata de decir que Castrejón tenga una candidatura asegurada.

Se trata de preguntarnos si la trayectoria, la congruencia y la permanencia tienen algún valor dentro de Morena.

Porque si no lo tienen, entonces el mensaje para la militancia de base es devastador:

“Tu lealtad no importa; importa a quién puedes traer contigo.”

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Aquí aparece una de las grandes contradicciones de Morena.

El partido que durante años cuestionó al PRI y al PAN, que criticó a los políticos que cambiaban de camiseta y que hablaba de principios, terminó convirtiéndose en un enorme imán para personajes provenientes de otras fuerzas políticas.

Y no necesariamente eso es malo.

La política también se construye sumando.

Pero cuando los recién llegados reciben inmediatamente reconocimiento, posiciones y posibilidades de candidatura, mientras los militantes históricos deben demostrar una y otra vez que merecen ser tomados en cuenta, algo está fallando.

Porque entonces el mensaje es evidente:

El que llega de afuera puede valer más que el que estuvo desde el principio.

Y quizá ahí se encuentre una de las razones por las que Morena no termina de consolidarse electoralmente en Chihuahua.

No necesariamente porque carezca de votos.

El problema puede estar en otro lado:

Morena puede tener electores, pero no necesariamente está cuidando a quienes construyeron su estructura política.

¿Y si el escenario cambia?

Aquí viene la parte incómoda.

En política nunca hay candidatos eternos.

Hoy hay nombres que parecen inevitables.

Mañana pueden dejar de serlo.

Una investigación, un conflicto político, un problema jurídico, un cambio de percepción o cualquier circunstancia inesperada puede modificar completamente una candidatura.

Y si de aquí a 2027 alguno de los perfiles que hoy aparecen como favoritos para la gubernatura enfrenta un problema serio, particularmente en Estados Unidos, ¿quién quedaría parado dentro de Morena?

Tal vez entonces alguien vuelva la mirada hacia el profesor Martín Chaparro.

Y quizá descubra que ahí estaba un militante que nunca se fue, que nunca cambió de camiseta y que nunca necesitó brincar de un partido a otro para seguir vigente.

No sería una candidatura producto de la improvisación.

Sería, en todo caso, el reconocimiento tardío a una trayectoria.

Y quizá también sería justo.

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Lo mismo ocurre con Óscar Castrejón.

Quienes conocen su trayectoria saben que tiene un currículo político que ya quisieran varios de los perfiles que hoy aparecen en el radar de Morena para la Presidencia Municipal de Chihuahua.

Fue candidato de Morena cuando todavía era una fuerza emergente, ha sido legislador, ha participado durante años en el movimiento y ha mantenido una posición política definida.

No necesita explicar de dónde viene.

Su historia está ahí.

Y entonces resulta paradójico que Morena tenga que voltear hacia perfiles provenientes de otras corrientes políticas mientras mantiene en la banca a quienes llevan años defendiendo sus siglas.

El caso de Brenda Ríos es ilustrativo.

Tiene todo el derecho de participar y competir. Nadie puede negarle ese derecho.

Pero precisamente por eso la comparación resulta inevitable.

Si Morena pretende convencer a Chihuahua de que representa una transformación política, debería preguntarse qué mensaje manda cuando coloca por delante a personajes que apenas ayer estaban en otra trinchera, mientras relega a quienes llevan años defendiendo el proyecto.

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Tal vez ese sea el verdadero pecado capital de Morena.

La ingratitud.

No la ingratitud hacia un político en particular.

La ingratitud hacia su propia historia.

Porque los partidos pueden ganar una elección sin memoria.

Pero difícilmente pueden construir una identidad sin ella.

Morena llegó a Chihuahua prometiendo cambiar la forma de hacer política.

Hoy enfrenta el reto de demostrar que no terminó reproduciendo exactamente aquello que criticaba: las decisiones cupulares, el reparto de posiciones entre grupos, el pragmatismo por encima de los principios y la utilización de candidaturas como moneda de cambio.

Todavía está a tiempo.

Puede demostrar que la militancia sí cuenta.

Que la trayectoria sí pesa.

Que la congruencia sí tiene valor.

Que los fundadores no son piezas desechables.

Y que abrir las puertas a quienes vienen de otros partidos no significa cerrarles la puerta a quienes estuvieron desde el principio.

Porque si Morena pretende conquistar Chihuahua en 2027, necesitará mucho más que encuestas.

Necesitará estructura.

Necesitará unidad.

Necesitará credibilidad.

Y, sobre todo, necesitará que quienes llevan años defendiendo sus siglas vuelvan a creer que vale la pena ser leal a Morena.

De lo contrario, el pecado capital no será perder una elección.

Será haber olvidado quiénes fueron los que estuvieron ahí antes de que hubiera algo que ganar.

JSL

By Chihuahua es mi tierra

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