Anoche en Chihuahua no hubo medias tintas. Lo que se vivió fue una descarga directa de energía, guitarras al frente y un público dispuesto a dejar la voz en cada canción.
El escenario, iluminado con verdes intensos y respaldado por una imagen poderosa —ese dragón que parecía custodiar la noche—, marcaba el tono: no sería un concierto más, sería una declaración. Y Grupo Element lo entendió desde el primer acorde.
Las guitarras dominaron el espacio. La ejecución fue firme, con presencia y actitud. No hubo titubeos. La banda se plantó con seguridad, proyectando esa combinación de experiencia y hambre que distingue a los proyectos que no quieren pasar desapercibidos.
El vocalista supo conducir la energía del público; no solo cantó, comandó. Y eso, en un género donde la intensidad es clave, marca diferencia.
El concierto tuvo potencia. Se sintió fuerte, vibrante, con un volumen que no solo se escuchaba, se sentía en el pecho. La iluminación acompañó bien los clímax musicales, generando momentos visuales que reforzaron la experiencia.
Desde la mesa —entre vasos, refrescos y una botella de whiskey que evidenciaba que la noche iba en serio— el ambiente era claro: nadie estaba ahí por casualidad. Era noche de desahogo, de catarsis, de comunidad.
Desde un merecido tributo a Ozzy Osbourne, pasando por Deep Purple, Bon Jovi, Journey, Rush, Guns & Roses y Pantera, cerrando con la energia de Metallica, AC/DC, Queensrÿche y su majestad Iron Maiden; lo más destacable fue la respuesta de la gente.
Hubo entrega. Canciones coreadas, celulares al aire, brindis sincronizados con los riffs más intensos. Cuando el público canta al mismo tiempo que la banda, el concierto deja de ser espectáculo y se convierte en ritual colectivo.
Siempre hay margen para pulir detalles técnicos —balance de audio en ciertos momentos o mayor dinamismo en las transiciones—, pero el fondo es sólido. Hay identidad, hay carácter y hay propuesta.
Grupo Element en Chihuahua no ofreció un simple show; ofreció una noche con personalidad. De esas que se recuerdan más por lo que se sintió que por lo que se vio.
Porque cuando la música logra que la mesa se convierta en altar y el escenario en territorio sagrado, entonces no hablamos solo de entretenimiento… hablamos de experiencia.
Gracias Pistoleros, House of Shows por esta gran noche.
δλ
