Por un instante, el reloj marca las 12 del mediodía y algo no encaja. No hay previas televisivas, no hay paneles de analistas desmenuzando estadísticas, no hay discusiones sobre lesiones de último momento. Es el primer domingo del año sin National Football League… y se siente.
Durante casi cinco meses, la NFL impone una rutina casi religiosa. Los domingos se convierten en ritual: reuniones familiares, carnes asadas, jerseys puestos desde temprano y una conversación permanente que gira entre yardas, intercepciones y fantasía deportiva. En ciudades de México, donde la afición ha crecido de forma exponencial, la liga no es solo espectáculo importado: es costumbre arraigada.
El cierre de temporada —que culmina con el Super Bowl— marca el punto más alto del calendario deportivo global. Tras ese domingo de febrero, todo parece apagarse de golpe. Se acabaron las narrativas de redención, los invictos improbables, los corebacks que buscan legado.
En bares que durante meses reservaron pantallas exclusivas, ahora hay música ambiental. En redes sociales, el flujo incesante de memes y polémicas arbitrales se transforma en especulación: draft, agencia libre, cambios de entrenador. La conversación no muere, pero se transforma en espera.
La NFL no solo organiza partidos; estructura semanas. El lunes es de análisis. El martes, de lesiones. El jueves, de anticipo. El domingo, de clímax. Esa secuencia crea una narrativa continua que acompaña la vida cotidiana.
Cuando desaparece, el aficionado enfrenta un pequeño duelo deportivo. No es exageración: la rutina compartida genera comunidad. En México, donde cada vez más aficionados viajan a Estados Unidos para vivir partidos en vivo, la liga ha construido identidad y pertenencia. Equipos adoptados como propios, rivalidades asumidas como personales.
Pero el primer domingo sin NFL también tiene otra lectura: es pausa estratégica. Es el momento donde otras ligas intentan captar atención. Donde el básquetbol, el fútbol europeo o incluso la Liga MX reclaman reflectores. Sin embargo, ninguno reproduce exactamente la liturgia dominical que el football americano consolidó.
El vacío es, en realidad, parte del ciclo. La ausencia alimenta la expectativa. La conversación se desplaza al Draft, a las promesas universitarias, a los movimientos salariales. Se comienza a especular sobre quién levantará el trofeo el próximo año, aunque falten meses.
El calendario ofrece consuelo: septiembre no está tan lejos. La pretemporada comienza a asomarse en el horizonte como anticipo de que el ritual regresará. Porque el fanático sabe algo que mitiga el silencio: la NFL no se va, solo descansa.
Y mientras tanto, este primer domingo sin partidos deja una sensación peculiar. No es tristeza profunda, pero sí una nostalgia ligera. Es el reconocimiento de que algo grande terminó… y de que volverá.
Porque el football americano no solo ocupa estadios. Ocupa domingos enteros.
Por: ShavaLechuga
