En tiempos donde los partidos políticos se han convertido en marcas desgastadas, etiquetas polarizantes o simples franquicias electorales, hay un perfil de ciudadano que suele pasar desapercibido pero que resulta determinante en las urnas: el candidatista.
¿Quién es el candidatista?
Es ese votante que no compra el “combo completo”. No vota por siglas, colores o narrativas nacionales. Vota por la persona. Analiza trayectorias, revisa antecedentes, observa resultados y, a partir de ahí, decide. No le interesa tanto el discurso ideológico del partido como la capacidad real del candidato.
Y aunque a muchos dirigentes les incomode, esa postura tiene una enorme virtud: obliga a elevar la calidad de quienes compiten.
En un país donde partidos como Morena, Partido Acción Nacional o Partido Revolucionario Institucional han gobernado con claroscuros, el ciudadano ha aprendido algo elemental: en todos hay perfiles buenos y perfiles impresentables. La marca ya no garantiza nada.
Ser candidatista es un acto de madurez democrática.
Significa reconocer que la política no es religión ni equipo de fútbol. Que no se trata de lealtades ciegas, sino de resultados. Que un buen alcalde puede provenir de un partido cuestionado, y un mal legislador puede portar las siglas más populares del momento.
La ventaja principal de esta postura es que rompe el voto automático.
Cuando el ciudadano evalúa personas y no colores, el político se ve obligado a construir una reputación propia. Ya no basta con colgarse del arrastre presidencial ni esconderse detrás de una estructura partidista. Tiene que demostrar capacidad, congruencia y cercanía real.
Además, el candidatismo fomenta algo que escasea: la rendición de cuentas individual.
Si voté por alguien por su trayectoria, le exigiré por su desempeño. No podré justificar sus errores diciendo “es culpa del partido” o “así son todos”. La responsabilidad se vuelve personal.
Por supuesto, esta postura también exige más del ciudadano. Implica informarse, comparar, no dejarse llevar por la propaganda ni por la polarización en redes sociales. Es más cómodo votar por costumbre o por enojo. Es más fácil decir “todos son iguales”. Pero el candidatista hace el esfuerzo adicional de distinguir.
En tiempos donde la discusión pública suele reducirse a “ellos contra nosotros”, el votante candidatista introduce un matiz incómodo pero necesario: no todo es blanco o negro. Hay grises. Y en esos grises suele encontrarse la mejor decisión.
Al final, la democracia madura cuando el ciudadano deja de ser militante emocional y se convierte en evaluador racional. Cuando entiende que los partidos son vehículos, pero el conductor es quien realmente decide el rumbo.
Porque las siglas pasan.
Los gobiernos se alternan.
Pero las decisiones de un mal candidato (o los aciertos de uno bueno) se quedan en la vida cotidiana de la gente.
Y quizá ahí radica la mayor ventaja de ser candidatista: votar con criterio propio, no con camiseta puesta.
Σλ
