El PAN puede tener muchos aspirantes, pero no puede darse el lujo de olvidar quién puso al partido de pie en Chihuahua.
Hay momentos en política en los que las ambiciones personales tienen que hacer una pausa.
No porque alguien tenga prohibido aspirar. No porque alguien deba renunciar a sus legítimas posibilidades. Y mucho menos porque la política tenga que convertirse en un acto de obediencia ciega.
No.
Se trata de algo mucho más sencillo: respeto, memoria y disciplina política.
Y en el PAN de Chihuahua parece que algunos están olvidando las tres.
María Eugenia Campos Galván no llegó ayer al panismo.
No apareció cuando comenzaron las encuestas rumbo a 2027, ni cuando algunos aspirantes descubrieron que una candidatura a la Presidencia Municipal de Chihuahua podía convertirse en el boleto para futuros proyectos políticos.
Maru lleva años poniendo la cara por Acción Nacional.
Ganó cuando ganar no era sencillo. Construyó cuando muchos solamente criticaban. Se enfrentó a adversarios políticos, a gobiernos de distintos colores y a momentos en los que el PAN parecía condenado a vivir de sus propios recuerdos.
Y hoy, guste o no, Maru Campos es el principal activo político que tiene Acción Nacional en Chihuahua.
Eso no significa que sea dueña del partido.
Significa que merece respeto.
Y hay una diferencia enorme entre cuestionar una decisión y desconocer el liderazgo político de quien ha llevado al PAN hasta donde hoy se encuentra.
La discusión por la candidatura a la Presidencia Municipal de Chihuahua ha comenzado a subir de tono. Hay aspirantes, equipos, encuestas, grupos, operadores y, como siempre ocurre en estos procesos, intereses cruzados.
Hasta ahí, todo normal.
Lo que no sería normal, ni inteligente, es que alguien decida que su proyecto personal vale más que el proyecto colectivo.
Porque una cosa es querer ser candidato.
Y otra muy distinta es estar dispuesto a romper al partido si no se obtiene la candidatura.
Ahí está la línea que ningún panista serio debería cruzar.
Maru lo ha dicho públicamente. Ha pedido unidad, congruencia y que quienes hablan de unidad también la practiquen en sus declaraciones, entrevistas y redes sociales.
Y tiene razón.
Porque resulta bastante extraño escuchar discursos de unidad durante el día y observar, unas horas después, campañas de descalificación, golpes entre grupos y mensajes destinados a incendiar las redes.
Eso no es unidad.
Eso es otra cosa.
Y Acción Nacional debería tener perfectamente claro que el enemigo electoral no está sentado en la mesa de al lado.
Está afuera.
Está esperando que los panistas hagan exactamente lo que históricamente han hecho los partidos cuando pierden el rumbo: confundirse entre ellos, convertir las diferencias en pleitos personales y terminar regalándole al adversario una elección que tenían posibilidades reales de ganar.
¿De qué serviría ganar una encuesta interna si después se pierde la elección?
¿De qué sirve ser el candidato si para llegar a esa candidatura hubo que incendiar al partido?
¿De qué sirve satisfacer una ambición personal si el resultado termina siendo que Morena gobierne la capital?
Porque aquí hay algo que algunos parecen estar olvidando:
Los ciudadanos también observan.
Y no todos van a perdonar que un partido con posibilidades reales de conservar la capital termine reventándose por una candidatura.
El electorado puede ser paciente, pero no es ingenuo.
Y puede castigar con una contundencia brutal a quien perciba que puso su interés personal por encima del interés de Chihuahua.
Por eso el mensaje debería ser muy sencillo:
Que compitan.
Que se midan.
Que presenten sus resultados.
Que enseñen sus encuestas.
Que convenzan a los panistas.
Que recorran las colonias.
Que hablen con los ciudadanos.
Que demuestren quién puede ganar.
Pero cuando el partido tome una decisión, se acabó la pelea.
Porque en política también hay que saber perder.
Y, sobre todo, hay que saber cuándo una derrota personal puede convertirse en una victoria para el adversario.
Nadie está obligado a pensar igual que Maru.
Nadie está obligado a coincidir con ella en todo.
Nadie tiene que renunciar a sus aspiraciones por decreto.
Pero quienes han recibido oportunidades, cargos, respaldo político, espacios y acompañamiento durante estos años deberían tener, por lo menos, la altura política para reconocer algo:
Maru merece respeto.
Y si alguien considera que puede desafiarla, enfrentarla, descalificarla o dinamitar el proyecto panista solamente porque no obtuvo lo que quería, también debería estar preparado para asumir las consecuencias.
Porque el PAN no es patrimonio de un aspirante.
No es propiedad de una corriente.
No es propiedad de un grupo.
Y mucho menos puede convertirse en rehén de una ambición personal.
Acción Nacional le debe mucho a Maru.
Y muchos panistas también.
Eso no se borra porque mañana una encuesta ponga a alguien arriba, porque un grupo se enoje o porque un aspirante considere que su trayectoria merece una candidatura.
La política también es gratitud.
También es lealtad.
También es memoria.
Y cuando llegue la hora de cerrar filas, los panistas tendrán que decidir qué quieren defender:
¿Una candidatura o un proyecto?
Porque si la respuesta es la candidatura, entonces cada quien puede hacer lo que quiera.
Pero si la respuesta es Chihuahua, entonces tendrán que entender que el PAN solamente podrá ganar si permanece unido.
Y aquí va una última cosa, quizá la más importante:
A Maru se le puede cuestionar.
A Maru se le puede debatir.
A Maru se le pueden discutir decisiones.
Pero a Maru, después de todo lo que ha construido dentro de Acción Nacional, se le debe respeto.
Y quien no entienda eso, quien crea que su ambición personal está por encima del proyecto, quien pretenda reventar al partido porque no obtuvo lo que quería…
pues que no se sorprenda si algún día los ciudadanos le cobran la factura.
Porque en política hay momentos para pelear por una candidatura.
Y hay momentos para entender que, si no te toca, toca sumar.
Lo demás, francamente…
se puede ir al carajo.
