Por momentos pareciera que lo más preocupante de algunos hechos ya no son los hechos en sí, sino la forma en que reaccionamos ante ellos.
Las imágenes de los festejos por la victoria de México han generado una intensa discusión en redes sociales. Como suele ocurrir en la era digital, la conversación rápidamente abandonó el terreno de los hechos para instalarse en el de los bandos. En cuestión de horas, miles de personas se sintieron obligadas a elegir una postura: o condenar a quienes rodeaban el vehículo, o condenar al conductor. Como si la realidad admitiera únicamente una de esas dos posibilidades.
Sin embargo, los acontecimientos complejos rara vez caben en explicaciones simples.
Lo que se observa en los videos y fotografías es una situación que nunca debió ocurrir. Una multitud rodeando un vehículo, invadiendo el espacio de quien conduce, golpeándolo, moviéndolo o impidiendo su circulación constituye una conducta riesgosa e irresponsable. Ninguna celebración, por legítima o emotiva que sea, justifica colocar a una persona en una situación de vulnerabilidad.
Pero tampoco resulta razonable asumir que cualquier reacción posterior queda automáticamente legitimada por el miedo, la desesperación o el enojo. La sensación de peligro puede ayudar a explicar una conducta, pero no necesariamente la convierte en correcta. La diferencia entre comprender y justificar es precisamente una de las bases sobre las que se sostiene cualquier sociedad civilizada.
Lo verdaderamente alarmante no es que existan versiones distintas sobre lo sucedido. Eso es natural. Lo preocupante es la cantidad de personas que parecen disfrutar la idea de que alguien resulte lastimado siempre y cuando consideren que “se lo buscó”.
Esa lógica se ha vuelto cada vez más frecuente en nuestro tiempo.
La vemos cuando se celebra la humillación pública de quien piensa distinto. Cuando se aplaude el fracaso de un adversario político. Cuando se normaliza el linchamiento digital. Cuando el castigo se convierte en espectáculo y la empatía se reserva únicamente para quienes pertenecen a nuestro propio grupo.
Poco a poco hemos dejado de evaluar las acciones para concentrarnos en juzgar a las personas. Ya no preguntamos qué estuvo mal, sino quién lo hizo. Y dependiendo de la respuesta, decidimos si condenamos la conducta o la justificamos.
Es una dinámica peligrosa.
Porque cuando aceptamos que la violencia es válida si se dirige contra alguien que nos desagrada, estamos renunciando al principio mismo que nos protege a todos. La violencia que hoy se celebra contra “los otros” mañana puede dirigirse contra cualquiera. La historia está llena de ejemplos donde las sociedades comenzaron justificando pequeñas agresiones hasta terminar normalizando formas mucho más graves de abuso.
Quizá por eso resulta tan importante recuperar la capacidad de sostener dos ideas al mismo tiempo.
Sí, una multitud no debe rodear ni agredir un vehículo.
Y sí, una reacción que ponga en riesgo la integridad de otras personas también merece ser cuestionada.
Ambas afirmaciones pueden coexistir sin contradicción alguna.
La madurez social no consiste en encontrar culpables favoritos ni en repartir absoluciones automáticas. Consiste en ser capaces de condenar una conducta incorrecta sin necesidad de justificar otra.
En una época dominada por la polarización, donde todo parece reducirse a elegir equipo, tal vez el verdadero acto de responsabilidad ciudadana sea negarse a participar en esa simplificación.
Porque cuando la violencia deja de indignarnos dependiendo de quién la ejerza o quién la reciba, el problema ya no está únicamente en quienes protagonizan los hechos. También empieza a estar en quienes los observamos y decidimos celebrarlos.
Y una sociedad que convierte la violencia en espectáculo termina descubriendo, tarde o temprano, que nadie permanece para siempre del lado de los espectadores.
