Mientras las principales escuelas de negocios y negociación del mundo promueven estrategias de beneficio mutuo para alcanzar acuerdos duraderos, buena parte de la clase política mexicana parece seguir atrapada en una lógica completamente opuesta: ganar a toda costa, aunque ello implique perder gobernabilidad, confianza ciudadana y oportunidades de desarrollo.
Recientemente, especialistas vinculados al método de negociación de Harvard volvieron a destacar la importancia de construir acuerdos “ganar-ganar”, un modelo basado en la colaboración, la flexibilidad y la identificación de intereses comunes. La premisa es simple: los acuerdos más sólidos son aquellos donde todas las partes obtienen beneficios y nadie siente que fue derrotado.
Sin embargo, en la arena política ocurre con frecuencia lo contrario.
Durante las campañas electorales, muchos candidatos se concentran exclusivamente en alcanzar el poder. Las alianzas se construyen por conveniencia temporal, las promesas se diseñan para captar votos inmediatos y la estrategia suele centrarse en debilitar al adversario más que en generar consensos. Una vez obtenido el triunfo, la lógica continúa: imponer en lugar de dialogar, confrontar en lugar de construir y acumular poder en lugar de compartir responsabilidades.
El resultado suele ser predecible. Gobiernos que enfrentan bloqueos legislativos, proyectos inconclusos, divisiones internas y una ciudadanía cada vez más decepcionada de la política.
Si los actores políticos aplicaran algunas de las estrategias promovidas por Harvard, probablemente los resultados serían distintos. Presentar múltiples alternativas en lugar de posiciones inflexibles, reconocer los intereses legítimos de los adversarios, establecer compromisos verificables y buscar soluciones donde todos obtengan beneficios podría traducirse en administraciones más estables y eficaces.
El problema es que para muchos políticos la negociación sigue siendo vista como una competencia de vencedores y vencidos. Ceder es interpretado como debilidad y construir acuerdos es confundido con renunciar a principios. Bajo esa visión, el objetivo no es resolver problemas públicos, sino acumular ventajas personales o partidistas.
La historia reciente demuestra que esta estrategia suele terminar mal. Los gobiernos que llegan al poder con una visión excluyente terminan enfrentando resistencia permanente. Las reformas se vuelven frágiles, los proyectos encuentran obstáculos y la polarización se convierte en una pesada carga para la gestión pública.
Paradójicamente, quienes más buscan ganar terminan perdiendo. Pierden credibilidad, pierden capacidad de convocatoria y, en muchos casos, pierden la oportunidad de dejar un legado positivo.
La política moderna exige algo más que discursos y campañas espectaculares. Requiere liderazgo capaz de entender que el verdadero éxito no consiste en derrotar al adversario, sino en construir acuerdos que permitan avanzar a toda la sociedad.
Tal vez la principal lección que los políticos deberían aprender de Harvard es que el poder no se fortalece cuando una sola parte gana. El poder se legitima cuando los ciudadanos también sienten que ganaron.
