En Chihuahua, la política de los lunes se ha vuelto un ejercicio repetido: grilla, declaraciones fuertes y memoria selectiva. Pero detrás del ruido hay un escenario real que se está moviendo, con actores que construyen, otros que se cuidan y varios que solo sobreviven a base de escándalo. No todos están en el mismo nivel ni juegan el mismo juego.
Empecemos por quienes hoy muestran estructura, forma y fondo:
Mario Vázquez se ha consolidado como un actor político con lectura estratégica. No vive del pleito diario ni del micrófono fácil. Su oposición es clara, institucional y con rumbo. En tiempos de gritos, la sobriedad también pesa.
En la parte operativa del Estado, Gilberto Loya ha entendido que la seguridad no se presume, se trabaja. Su perfil no es mediático, es de contención y coordinación. Y en un estado con retos complejos, eso suma más que mil discursos.
En la misma lógica institucional aparece Santiago de la Peña, operador político de bajo perfil, pero alta eficacia. No entra en grillas innecesarias y ha sido clave para mantener gobernabilidad interna. No hace ruido, pero mueve engranes. Hoy, en las comentas de políticos, ya se le menciona con fuerza como posible candidato a la alcaldía de Chihuahua y, de concretarse ese escenario, es visto prácticamente como seguro próximo alcalde. No por discurso, sino por estructura, acuerdos y control político real.
En lo técnico-político, Alan Falomir, “el Cabrito”, ha logrado ordenar una de las áreas históricamente más conflictivas de la capital: la JMAS. Trabajo visible, menos quejas y más operación. No es casual que ya se le mencione como aspirante a una diputación federal. Cuando el trabajo pesa, las aspiraciones llegan solas.
En territorio, Jesús Valenciano sigue siendo referencia de control político y gestión municipal. Sin escándalos, sin estridencias y con estructura firme. Así se gobierna y así se construye futuro.
En la misma línea de chamba real está Manque Granados, perfil de calle, constante, cercano y operativo. No es figura de redes ni de pleitos, es de trabajo territorial, y eso hoy escasea.
Desde el ámbito social federal, Mayra Chávez mantiene un perfil institucional, enfocada en la operación de programas y no en el escándalo. No vive de confrontación y su capital político viene más del trabajo que del ruido. En el tablero actual, eso la coloca bien.
En un punto medio aparece Rafael Loera, con estatus normal: sin grilla excesiva, sin reflectores de más, pero presente como actor político que todavía no cruza ni para bien ni para mal.
También en zona de equilibrio está César Jáuregui, hoy con un rol neutro, pero con proyección clara: se le ve rumbo a una diputación local y como posible coordinador de la bancada del PAN. No hace ruido, pero es pieza a observar.
En este tablero también hay que hablar del papel del Gobierno del Estado de Chihuahua. Hoy hay gobernabilidad, contención y operación política funcionando: no hay caos institucional ni ruptura interna, y eso no es menor. En seguridad hay coordinación y control, aunque el reto sigue siendo enorme. Sin embargo, el siguiente paso es claro: pasar de la contención a la percepción ciudadana, de la operación interna a una presencia más visible en calle, comunicación más clara y resultados que se sientan en regiones donde aún hay rezago. El gobierno ha sostenido el barco; ahora le toca acelerar y cerrar brechas.
Ahora, el contraste…
El fin de semana dejó una imagen incómoda para Marco Bonilla: visita a Parral blindado y escoltado, muy lejos del discurso de cercanía que suele promover. Cuando la forma contradice el mensaje, la narrativa se rompe sola. Gobernar no es desfilar protegido.
En el terreno del ruido constante aparece Andrea Chávez. Mucha intensidad, mucha confrontación y poca propuesta concreta. La política no se construye a base de polémicas semanales. El volumen no sustituye los resultados.
Más abajo, pero igual de estridente, Daniela Álvarez ha reducido su papel a la crítica permanente y al chisme político. Cuando la dirigencia se vuelve tribuna de pleito, el partido se estanca y pierde rumbo.
Y cerrando el bloque de contradicciones está Juan Carlos Loera, con discurso moralista, exigencias constantes y un pasado administrativo lleno de pendientes sin aclarar. Exigir sin rendir cuentas propias es una fórmula desgastada.
Porque en Chihuahua ya se nota quién trabaja, quién cuida y quién solo hace ruido para no desaparecer. Y el poder real no se construye los lunes frente al micrófono, sino todos los días, lejos de la grilla.
Columna Colaboración:
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