El político apestado..

Hay personajes en la política mexicana que, con el paso de los años, terminan convertidos en aquello que juraron combatir. El caso del senador Javier Corral Jurado parece caminar exactamente en esa dirección: un político que construyó su carrera bajo el discurso de la honestidad, pero que hoy carga con acusaciones, señalamientos, fracturas políticas y una larga lista de enemigos creados por su propia soberbia.

En Chihuahua, el nombre de Corral dejó de representar esperanza hace tiempo. Para muchos, terminó convertido en sinónimo de división, persecución política, parálisis administrativa y un desastre financiero cuyos efectos siguen golpeando al estado.

Su gobierno prometió justicia. Lo que dejó fue confrontación.

Corral edificó toda su narrativa alrededor del combate a la corrupción de César Duarte Jáquez. Y aunque inicialmente logró capitalizar el enojo ciudadano contra el duartismo, conforme avanzó su administración comenzó a surgir otra percepción: la de un gobernador obsesionado con la revancha política, incapaz de gobernar más allá del conflicto permanente.

Incluso críticos y actores políticos señalaron que durante la llamada “Operación Justicia para Chihuahua” se incurrió en excesos, filtraciones, violaciones al debido proceso y utilización política de las instituciones. Diversos procesos impulsados durante su sexenio terminaron debilitados en tribunales o atrapados en amparos por errores procesales.

La paradoja terminó alcanzándolo.

Hoy, el mismo Corral que durante años hablaba de transparencia enfrenta investigaciones y señalamientos por presunto enriquecimiento ilícito, inconsistencias patrimoniales y desvío de recursos públicos. Diversas auditorías detectaron irregularidades en su administración relacionadas con pagos sin comprobar, obras inconclusas, cheques apócrifos y anomalías financieras.

Además, reportes periodísticos recientes exhibieron diferencias entre las propiedades que declaró al terminar su gubernatura y las registradas posteriormente como senador. Las investigaciones periodísticas mencionan decenas de inmuebles y discrepancias patrimoniales que alimentaron sospechas sobre un posible enriquecimiento irregular.

El golpe político más fuerte llegó cuando autoridades administrativas en Chihuahua determinaron incluso una inhabilitación temporal por irregularidades relacionadas con declaraciones patrimoniales.

La noche del 14 de agosto de 2024 quedó marcada como uno de los episodios más vergonzosos y polémicos de la política reciente en México. En un hecho que exhibió el tamaño de las redes de protección política alrededor del senador Javier Corral Jurado, agentes ministeriales de Chihuahua intentaron cumplimentar una orden de aprehensión en su contra dentro del restaurant bar Gin Gin, en la colonia Roma de la Ciudad de México.

Pero Corral no terminó detenido.

Terminó rescatado.

Aquella escena parecía sacada de una película política de bajo nivel institucional: ministeriales chihuahuenses intentando ejecutar una orden judicial por presunto peculado, mientras autoridades capitalinas intervenían para impedirlo. El encargado de despacho de la Fiscalía capitalina, Ulises Lara López, llegó personalmente al lugar y frenó el operativo.

Las imágenes dieron la vuelta al país.

Corral, rodeado de escoltas y funcionarios, abandonando el lugar bajo protección institucional. El mensaje político fue devastador: mientras cualquier ciudadano común habría sido detenido y trasladado, el exgobernador recibió un trato privilegiado, protegido por el aparato político de Morena en la capital del país.

Ese episodio fue bautizado rápidamente en Chihuahua como “el Corralazo”.

Y el nombre no fue casualidad.

Porque para muchos chihuahuenses aquello simbolizó exactamente lo que Javier Corral siempre negó ser: un político cobijado por el poder, utilizando influencias para evadir la justicia.

La Fiscalía Anticorrupción de Chihuahua sostenía que existía una orden de aprehensión vigente por presunto peculado. Diversos reportes periodísticos señalaron que el operativo fue interrumpido cuando autoridades de la Ciudad de México se negaron a colaborar con la captura.

La versión oficial capitalina intentó justificar la intervención alegando supuestas fallas procesales y ausencia de oficios de colaboración. Pero políticamente el daño ya estaba hecho.

Porque el país entero vio algo imposible de ocultar: un personaje acusado de corrupción siendo literalmente escoltado fuera de un operativo ministerial por funcionarios ligados al poder morenista.

El viejo discurso anticorrupción de Corral terminó colapsando frente a las imágenes del Gin Gin.

Aquel hombre que durante años construyó su carrera hablando de moral pública, combate a la impunidad y legalidad terminó protagonizando una escena que parecía reflejar exactamente lo contrario: privilegio, protección política y uso faccioso de las instituciones.

La contradicción fue brutal.

Pero quizá el mayor desgaste de Javier Corral no proviene únicamente de los expedientes o auditorías.

Proviene de la enorme decepción que dejó en Chihuahua.

Sectores empresariales lo recuerdan como un gobernador ausente. Productores agrícolas nunca olvidaron el caos político y social durante el conflicto del agua. Funcionarios de su propio partido terminaron alejándose de él. Y buena parte de la clase política chihuahuense coincide en algo: Corral convirtió el gobierno en un ring personal.

Su administración quedó marcada por pleitos con empresarios, alcaldes, diputados, magistrados, periodistas, agricultores y hasta con integrantes de su propio partido. Gobernó peleando. Y cuando un gobernante pasa más tiempo construyendo enemigos que soluciones, el estado termina pagando la factura.

Las consecuencias financieras tampoco desaparecieron. Desde el inicio de la administración actual, se acusó que el corralismo dejó un estado con desorden financiero, deuda y múltiples problemas administrativos.

En el terreno político, Corral terminó protagonizando una de las transformaciones más contradictorias de la política mexicana reciente: pasó del PAN a convertirse en aliado de Morena, el mismo movimiento al que antes criticaba ferozmente.

Y ahí comenzó otro capítulo oscuro.

Para muchos chihuahuenses, Corral no llegó a Morena por convicción ideológica, sino por supervivencia política. El antiguo panista anticentralista terminó refugiado bajo el cobijo del oficialismo federal mientras crecían investigaciones y disputas legales en Chihuahua.

El problema es que ni siquiera dentro de Morena genera confianza plena.

Su cercanía con personajes polémicos y operadores políticos altamente cuestionados ha provocado resistencias internas. En Chihuahua, hay quienes lo ven como un político tóxico, útil únicamente para golpear adversarios, pero incapaz de construir consensos reales.

La percepción pública se deterioró aún más tras los recientes enfrentamientos políticos derivados de investigaciones federales y conflictos entre el gobierno estatal y actores ligados a Morena.

Javier Corral quiso pasar a la historia como el gran justiciero de Chihuahua.

Pero el tiempo le ha cobrado factura.

Porque cuando un político se envuelve durante años en un discurso de pureza absoluta, cualquier sombra termina viéndose gigantesca. Y Corral hoy está rodeado de demasiadas sombras: expedientes abiertos, acusaciones patrimoniales, fracturas políticas, enemistades acumuladas y un estado que aún resiente las heridas de un sexenio marcado más por la confrontación que por los resultados.

El problema para Chihuahua es que los gobiernos pasan… pero las consecuencias permanecen.

Y quizá esa sea la verdadera herencia del político apestado.

Σλ

By Chihuahua es mi tierra

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