Hay preguntas que uno se hace a lo largo de la vida y que, por más años que pasen, siguen sin encontrar una respuesta.
La mía es muy simple.
¿Qué sería este mundo sin el rock?
Tengo 54 años y todavía no logro responderla.
Quizá para muchos el rock sea solamente un género musical. Para otros, una etapa de juventud que quedó guardada entre discos de vinilo, casetes o viejos CD’s. Para mí, ha sido mucho más que eso. Ha sido la banda sonora de mi vida, un compañero de viaje, un refugio en los momentos difíciles y el cómplice perfecto en los momentos de felicidad.
No puedo imaginar mi historia sin Metallica, Ozzy Osbourne, Black Sabbath, Judas Priest, Iron Maiden, AC/DC, Pink Floyd, Led Zeppelin, Deep Purple, Scorpions y tantas bandas que han acompañado a millones de personas alrededor del mundo.
Cada una llegó en el momento preciso.
Algunas me enseñaron a levantarme cuando la vida parecía derrumbarse. Otras hicieron inolvidables las noches de fiesta. Muchas estuvieron presentes cuando había razones para celebrar y otras cuando el silencio era tan profundo que solamente una guitarra distorsionada podía romperlo.
Durante 22 años tuve bares de rock.
Quienes han vivido ese ambiente saben perfectamente de lo que hablo. Un bar de rock nunca es solamente un negocio. Es un lugar donde desconocidos terminan siendo amigos; donde alguien celebra un nuevo amor mientras otro intenta olvidar uno que terminó; donde una canción puede convertirse en un abrazo para quien más lo necesita.
Durante más de dos décadas tuve el privilegio de ver cómo la música unía personas, borraba diferencias y regalaba momentos que muchos todavía recuerdan.
Fueron años intensos.
Años de trabajo.
Años de amistad.
Años de vivir con el volumen al máximo.
Pero la vida, como siempre, también tiene sus pruebas.
En 2015 llegó uno de los momentos más difíciles que me ha tocado enfrentar: mi divorcio.
Hay heridas que tardan mucho en sanar. Hay silencios que pesan demasiado. Hay noches en las que uno cree que todo perdió sentido.
Fue entonces cuando el rock volvió a hacer lo que mejor sabe hacer.
Acompañar.
Nunca preguntó por qué.
Nunca juzgó.
Nunca exigió explicaciones.
Simplemente estuvo ahí.
Y aunque para algunos pueda sonar exagerado, estoy convencido de que la música me salvó del abismo más de una vez.
Porque hay canciones que llegan justo cuando uno más las necesita.
Y porque hay voces que, sin conocernos, parecen entender exactamente lo que estamos sintiendo.
Sin embargo, si hoy tengo esta pasión, hay un responsable de todo.
Mi padre.
El Licenciado.
Él fue quien sembró esta semilla cuando yo apenas comenzaba a descubrir el mundo.
Todavía recuerdo aquellos primeros LP’s que un día puso en mis manos.
Quizá para él solamente eran discos.
Para mí terminaron siendo una forma de vivir.
Con ellos aprendí que la música podía emocionar, hacer pensar, provocar lágrimas, despertar sonrisas y dar fuerza cuando parecía que ya no quedaba ninguna.
Con el paso de los años entendí que mi padre no solo me regaló discos.
Me regaló identidad.
Me regaló recuerdos.
Me regaló una pasión que jamás ha dejado de acompañarme.
Hoy él ya no está físicamente entre nosotros.
Pero cada vez que escucho el primer acorde de una guitarra, cada vez que comienza una canción que escuchábamos juntos, tengo la sensación de que vuelve a sentarse a mi lado.
Esa es la grandeza de la música.
Puede desafiar al tiempo.
Puede vencer a la distancia.
Y puede hacer que quienes ya partieron regresen por unos minutos para acompañarnos nuevamente.
Vivimos en una época en la que todo parece ser pasajero.
Las canciones duran unas semanas en las listas de popularidad y después desaparecen.
El rock no.
El rock permanece.
Porque no vive únicamente en los escenarios.
Vive en nuestros recuerdos.
En nuestras cicatrices.
En nuestros triunfos.
En nuestras derrotas.
Y, sobre todo, en nuestra historia.
Por eso sigo haciéndome la misma pregunta.
¿Qué sería este mundo sin el rock?
Tal vez seguiría siendo el mismo planeta.
El sol saldría cada mañana y la vida seguiría su curso.
Pero estoy convencido de que sería un mundo con menos libertad, con menos pasión y con muchas menos personas que encontraron en una canción la fuerza necesaria para seguir adelante cuando todo parecía perdido.
Yo, definitivamente, no sería el mismo.
Antes de terminar, solo me queda decir una palabra.
Gracias.
Gracias, papá.
Gracias por aquellos primeros LP’s.
Sin saberlo, me regalaste mucho más que música.
Me regalaste una pasión que ha estado presente en cada etapa de mi vida.
Una pasión que estuvo conmigo en los momentos de éxito, en los fracasos, en las noches interminables, en las alegrías, en las despedidas y también en los días en los que volver a empezar parecía imposible.
Hoy entiendo que las personas nunca se van del todo mientras alguien las recuerde.
Y cada vez que una guitarra rompe el silencio, cada vez que una batería marca el ritmo o una voz vuelve a estremecerme, sé que una parte de ti sigue aquí.
Por eso ya no necesito encontrar la respuesta a aquella pregunta.
Prefiero quedarme con una certeza.
Mientras exista el rock…
…también seguirá viva una parte de ti.
A mis hijos, Boni. Bimby y Choco.
Gracias por acompañarme en este viaje llamado vida y por compartir conmigo, cada uno a su manera, esta pasión que un día heredé de su abuelo.
Ojalá que, cuando los años también peinen de blanco su cabello y la vida les presente momentos de felicidad y de dolor, siempre encuentren refugio en una buena canción.
Porque la música tiene un poder que pocas cosas poseen: nos recuerda quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos seguir siendo.
Y si algún día me extrañan, no busquen mi voz en el silencio.
Pongan un disco de rock, suban el volumen y cierren los ojos.
Estoy seguro de que, entre un riff de guitarra y un solo inolvidable, también encontrarán una parte de mí.
