Se acabó el Mundial.
Y con él, el pretexto perfecto para olvidarnos durante unas semanas de la realidad.
México quedó eliminado y, como cada cuatro años, llegó la inevitable cruda futbolera. Las redes sociales se llenaron de memes, críticas, lamentos y análisis sobre lo que pudo haber sido. Durante unos días volveremos a discutir quién tuvo la culpa, qué entrenador fracasó y por qué seguimos sin dar ese salto que tanto esperamos.
Pero la pregunta incómoda no está en la cancha.
Está frente al espejo.
¿Y si, sí?
¿Y si toda esa pasión, ese coraje y esa energía que hoy sentimos por la eliminación de la Selección la utilizáramos para rescatar al país donde vivimos?
Porque, siendo sinceros, la derrota que más debería dolernos no fue la del Mundial.
Ha sido la que hemos permitido durante años frente a la corrupción, la impunidad y el abuso del poder.
Mientras millones estaban pendientes de un balón, México siguió enfrentando problemas que no desaparecen con el silbatazo final: violencia, extorsión, desapariciones, servicios públicos deficientes, crisis en sectores como la salud y la educación, y una desconfianza creciente hacia las instituciones.
A ello se suma un fenómeno especialmente preocupante: las investigaciones y señalamientos públicos sobre posibles vínculos entre actores políticos y el crimen organizado, algunos de los cuales han trascendido incluso al ámbito internacional. Corresponde a las autoridades investigar y, en su caso, determinar responsabilidades conforme a la ley y respetando el debido proceso. Pero el hecho de que existan sospechas de infiltración del crimen en la política debería encender todas las alarmas de una sociedad democrática.
Ese sí es un marcador que debería preocuparnos.
Porque un país donde la política y la delincuencia se confunden deja de ofrecer certezas a sus ciudadanos.
México no necesita aficionados de tiempo completo.
Necesita ciudadanos.
Necesita personas que dejen de normalizar la corrupción, que castiguen el cinismo, que no aplaudan la incompetencia solamente porque viste los colores de su partido favorito.
Los políticos han entendido algo desde hace décadas: mientras la sociedad permanezca dividida, distraída o resignada, ellos seguirán haciendo política para ellos mismos y no para los ciudadanos.
Por eso la elección de 2027 representa mucho más que un cambio de administraciones.
Representa la oportunidad de comenzar a romper un ciclo que ha acompañado al país durante demasiado tiempo.
No se trata de cambiar un color por otro.
Se trata de cambiar la forma de exigir.
De dejar de premiar la improvisación.
De rechazar a quienes llegan al poder para servirse del cargo.
De impedir que la corrupción siga siendo vista como un costo inevitable de la política.
Y de recordar que ningún partido, ningún dirigente y ningún funcionario está por encima del interés nacional.
México merece más que campañas espectaculares.
Merece gobiernos eficaces.
Merece autoridades honestas.
Merece instituciones fuertes.
Merece que la ley se aplique sin distingos.
Y merece ciudadanos que comprendan que el voto no es un trámite: es la herramienta más poderosa para corregir el rumbo.
La eliminación del Mundial pasará.
Dentro de unos días volveremos a nuestra rutina.
Pero el país seguirá aquí.
Esperando que alguien haga algo.
Tal vez ese “alguien” nunca fue un político.
Tal vez siempre fuimos nosotros.
Porque los mundiales duran un mes.
Los malos gobiernos pueden durar generaciones.
Y si después de esta derrota deportiva somos capaces de despertar como sociedad, de exigir cuentas, de participar y de votar con memoria y responsabilidad…
Entonces, quizá algún día podamos decir que la eliminación de México en el Mundial fue el inicio de una victoria mucho más importante.
La de recuperar nuestro país.
