No entienden que no entienden

Hay situaciones en la política en los que uno ya no sabe si está frente a una estrategia o simplemente frente a un caso severo de desconexión con la realidad.

Porque una cosa es aspirar.

Otra muy distinta es no entender cuándo la realidad ya cambió.

Y todavía hay una tercera: saber perfectamente que las posibilidades son cada vez más reducidas y, aun así, seguir comportándose como si la candidatura estuviera a la vuelta de la esquina.

Ahí es donde empieza el mareo.

Los hemos visto.

En informes de gobierno, inauguraciones, eventos partidistas y cualquier escenario donde haya cámaras suficientes para recordar que siguen aspirando a algo.

Sonríen.

Saludan.

Se abrazan.

Se toman la fotografía.

Y, por supuesto, procuran que la imagen circule.

Porque en política hay quienes todavía creen que mientras aparezcan en suficientes fotografías, alguien, en algún lugar, terminará convencido de que son indispensables.

El problema es que la política no funciona así.

Y mucho menos cuando el proyecto general empieza a exigir disciplina, unidad y generosidad.

Porque si de verdad se entiende que hay un proyecto común, llega un momento en que hay que preguntarse qué conviene más: ¿seguir promocionando el nombre propio o ayudar a construir lo que viene?

La respuesta debería ser obvia.

Pero no para todos.

Hay quienes parecen vivir permanentemente en campaña.

Y no importa si el evento es un informe de gobierno o la inauguración de un monumento dedicado a un personaje histórico.

Siempre encuentran la manera de convertir el escenario en escaparate personal.

Y aquí viene lo verdaderamente curioso.

Ya ni siquiera se conforman con aparecer.

Ahora algunos comienzan a compararse con figuras que pertenecen a otra época, a otro momento político y a otra dimensión histórica.

Compararse con Pancho Barrio ya no es autoestima.

Es mareo.

Mucho mareo.

Porque una cosa es reconocer la importancia de una figura histórica de tu partido y otra bastante diferente es comenzar a verse en el espejo con la misma estatura política.

Hay que tener cuidado.

La historia no se hereda por fotografía.

El liderazgo no se obtiene por asistir a todos los eventos.

La popularidad no se fabrica a fuerza de saludos.

Y mucho menos se construye una candidatura repitiéndose uno mismo que se es candidato.

A veces la política produce personajes que terminan creyendo su propia publicidad.

Y ahí comienza el problema.

Porque cuando alguien deja de escuchar las señales, deja de leer el ambiente y deja de aceptar que existen decisiones que están por encima de sus aspiraciones personales, termina confundiendo perseverancia con necedad.

Y lo peor es que puede terminar perjudicando al mismo proyecto al que dice querer ayudar.

Porque mientras unos trabajan para consolidar una opción competitiva, otros parecen estar preocupados exclusivamente por mantener encendido el reflector sobre su propia persona.

Eso tiene un nombre bastante sencillo:

ego político.

Y el ego político es peligroso porque nunca está satisfecho.

Primero quiere una candidatura.

Después quiere la candidatura aunque las circunstancias hayan cambiado.

Luego quiere que todos crean que todavía puede conseguirla.

Y finalmente termina creyendo que el proyecto necesita de él, cuando quizá la realidad sea exactamente al revés.

El verdadero político sabe cuándo avanzar.

Pero también sabe cuándo acompañar.

Sabe cuándo hablar.

Y sabe cuándo guardar silencio.

Sabe que perder una candidatura no significa perder la posibilidad de seguir construyendo.

Y, sobre todo, entiende que un proyecto político es mucho más grande que cualquier nombre.

Los otros todavía no lo entienden.

Y quizá el problema no sea que no entiendan.

Quizá el problema sea que no entienden que no entienden.

Porque mientras sigan creyendo que una fotografía equivale a una candidatura, que un saludo equivale a respaldo y que compararse con Pancho Barrio equivale a tener su estatura política, seguirán caminando en esa peligrosa frontera donde la legítima aspiración termina convirtiéndose en obsesión personal.

Y aquí está la tesis de fondo:

En política, nadie está obligado a renunciar a sus aspiraciones; lo que sí debería exigirse es que las aspiraciones individuales tengan un límite cuando empiezan a poner en riesgo el proyecto colectivo.

Porque un proyecto político no puede convertirse en plataforma de lanzamiento para quienes están más preocupados por aparecer que por sumar.

No se trata de pedirles que desaparezcan.

Se trata de algo mucho más sencillo: que entiendan que no siempre les toca.

Y que saberlo, aceptarlo y seguir trabajando por el proyecto sin resentimientos ni protagonismos no es una derrota.

Es precisamente lo que distingue a un político con visión de un político mareado por su propia ambición.

El problema no es querer ser alcalde.

El problema es actuar como si el proyecto entero tuviera que mantenerse en campaña permanente para sostener una candidatura que quizá solo existe ya en la cabeza de quien la promueve.

Porque cuando la política se convierte en una sucesión de fotografías para alimentar una aspiración personal, el proyecto deja de ser la prioridad.

Y entonces queda al descubierto la verdadera motivación.

Hay quienes quieren ganar una elección para fortalecer un proyecto; y hay quienes necesitan que el proyecto gane para poder seguir apareciendo en la fotografía.

La diferencia parece pequeña.

Pero políticamente lo es todo.

La historia, además, suele ser implacable con quienes confunden protagonismo con liderazgo.

Las fotografías pasan.

Los cargos pasan.

Las candidaturas pasan.

Lo que permanece es la estatura política con la que cada quien decidió conducirse cuando entendió, o cuando se negó a entender, que no todo gira alrededor de su nombre.

Y quizá ese sea el verdadero examen.

No saber ganar. Eso cualquiera lo celebra.
Saber hacerse a un lado cuando no toca, seguir sumando y poner el proyecto por encima del ego: eso sí es liderazgo.

Lo demás es simplemente mareo.

Y del mareo, tarde o temprano, también se despierta.

Σλ

By Chihuahua es mi tierra

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