La eventual confirmación del abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, no sería el final de una historia: sería el inicio de una nueva etapa.
En México, la caída de un capo nunca ha significado la desaparición de su estructura. Lo que ocurre después suele ser más complejo, más incierto y, en muchos casos, más violento.
La pregunta no es solo si cayó.
La pregunta es qué viene.
Históricamente, cuando se neutraliza a un líder criminal de alto perfil, la organización responde con demostraciones de fuerza: bloqueos carreteros, incendios de vehículos, ataques coordinados o intentos de desestabilización regional.
El objetivo no es militar, es simbólico: enviar el mensaje de que la estructura sigue viva.
Si el abatimiento se confirma, las primeras semanas serían de tensión en los estados donde el CJNG tiene presencia consolidada: Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Zacatecas, Colima. El gobierno federal, encabezado por Claudia Sheinbaum, tendría que demostrar control territorial inmediato para evitar que el golpe se transforme en escalada.
Sin liderazgo centralizado, vienen tres escenarios posibles:
• Fragmentación interna entre mandos regionales.
• Ascenso de un heredero natural si la sucesión estaba prevista.
• Ruptura y nacimiento de células independientes.
La experiencia mexicana indica que la fragmentación suele generar más violencia que estabilidad. Lo vimos tras la captura de Joaquín “El Chapo” Guzmán: la organización no desapareció, se transformó.
El crimen organizado funciona como empresa. Si cae el director general, los accionistas no desaparecen.
Un operativo exitoso sería presentado como triunfo del Estado mexicano. Después de años de cuestionamientos a la estrategia de seguridad heredada de Andrés Manuel López Obrador, el oficialismo tendría un argumento contundente.
Pero la oposición respondería con otra pregunta:
¿Un golpe cambia la tendencia nacional de violencia?
La seguridad no se mide por capturas emblemáticas, sino por reducción sostenida de homicidios, extorsión y control territorial.
Aunque el CJNG no es históricamente dominante en Chihuahua, cualquier reacomodo nacional altera el mapa criminal. El norte del país y particularmente la frontera es estratégico para tráfico, rutas y logística.
Si el debilitamiento del CJNG abre espacio para expansión de otros grupos, Chihuahua podría enfrentar:
• Presión de nuevas alianzas criminales.
• Intentos de penetración territorial.
• Mayor presencia federal.
Para el gobierno estatal, el reto sería doble: mantener estabilidad y evitar que el estado se convierta en terreno de disputa indirecta.
En política local, el tema seguridad volvería a ocupar el centro del debate rumbo a los siguientes procesos electorales. Y en Chihuahua, la seguridad siempre termina siendo tema de campaña.
No hay que olvidar que la presión estadounidense sobre el tráfico de fentanilo ha sido determinante en la estrategia contra el CJNG. Si el abatimiento ocurre en coordinación binacional, la relación México–Estados Unidos se fortalecería en materia de seguridad.
Si no, podrían venir cuestionamientos.
Lo más difícil no es el operativo.
Lo más difícil es el día después.
Porque cuando cae un líder criminal:
• El poder no desaparece, se redistribuye.
• Las rutas no se cancelan, se disputan.
• Las estructuras financieras buscan nuevos operadores.
El Estado mexicano tendría que actuar con rapidez quirúrgica para evitar que el vacío genere caos.
El abatimiento del Mencho sería un hecho histórico. Pero no es un punto final.
Es un punto y aparte.
El verdadero examen no está en la operación que lo neutralice, sino en la capacidad institucional para administrar las consecuencias.
Porque en México, cada golpe al crimen organizado abre una nueva partida.
Y lo que viene no depende solo de quién cayó… sino de quién esté listo para ocupar su lugar.
