Dicen que en política nadie está muerto. La frase suele repetirse como un mantra cada vez que algún personaje intenta volver al escenario después de una temporada complicada. Lo que pocos agregan es que tampoco todos los regresos son una buena idea.
Hay quienes confunden la resistencia con la terquedad. Creen que insistir una y otra vez terminará por convencer a los demás de que son indispensables. No entienden que, en ocasiones, el mayor acto de inteligencia política consiste precisamente en saber hacerse a un lado.
Porque una candidatura no se construye únicamente con ganas. Se construye con viabilidad. Con capacidad para sumar. Con la posibilidad de enfrentar una elección sin regalarle al adversario el guion de toda la campaña.
Y ahí es donde aparece el verdadero problema.
Cuando un aspirante llega cargando años de decisiones polémicas, controversias públicas y episodios que todavía permanecen en la memoria colectiva, deja de ser un activo para convertirse en un expediente ambulante. No hace falta que el partido de enfrente construya una estrategia sofisticada; basta con abrir el archivo, desempolvar videos, declaraciones y titulares para convertirlos en propaganda electoral.
¿De verdad vale la pena correr ese riesgo?
Más aún cuando enfrente habrá una oposición que lleva años esperando la oportunidad de convertir cada tropiezo en un argumento contra todo un gobierno. Una sola candidatura puede terminar condicionando la narrativa de una elección completa.
Pero quizá lo más revelador no sea el regreso, sino quiénes lo celebran.
Alrededor de ciertos proyectos siempre aparecen los mismos rostros. Los profesionales del aplauso. Los que en cada fotografía buscan acomodarse cerca del poder. Los que ayer defendían una causa y mañana defenderán otra, siempre que el presupuesto, la influencia o la cercanía al poder sigan intactos.
Resulta curioso que muchos de los más entusiastas promotores de ciertos regresos sean precisamente aquellos personajes cuya credibilidad también carga con un pesado desgaste público. Pareciera que no impulsan una candidatura; más bien buscan una tabla de salvación para mantenerse vigentes.
No es un secreto que toda campaña también pone bajo el reflector al equipo que acompaña al candidato. Y cuando ese equipo provoca más preguntas que confianza, el problema deja de ser individual.
Los partidos ganan elecciones cuando logran convencer a los ciudadanos de que representan el futuro. Las pierden cuando terminan defendiendo el pasado.
Quienes hoy insisten en volver parecen rodeados de un coro que les repite exactamente lo que quieren escuchar: “Tú eres el único”, “Sin ti no se puede”, “La gente está contigo”. La historia política está llena de personajes que confundieron esas porras con respaldo ciudadano… y descubrieron la diferencia el día de la elección.
El poder tiene una extraña virtud: atrae aduladores, pero aleja a quienes se atreven a decir la verdad.
Tal vez por eso nadie se anima a plantear la pregunta más incómoda: ¿la candidatura se busca para fortalecer al proyecto… o para satisfacer un anhelo personal?
Porque son dos cosas muy distintas.
Un proyecto serio debe pensar primero en quién tiene menos negativos, quién puede ampliar la base de apoyo y quién obliga al adversario a discutir propuestas en lugar de revivir polémicas.
La política no premia a los más aferrados. Premia a quienes entienden el momento.
Y cuando la ambición personal pesa más que la estrategia colectiva, el riesgo ya no es perder una candidatura.
El riesgo es poner en juego una elección que pudo haberse ganado con alguien que llegara sin equipaje, sin facturas pendientes y sin regalarle al adversario el mejor discurso de campaña.
Porque, al final, el peor enemigo de un político no siempre está enfrente.
Muchas veces se encuentra frente al espejo.
