No me ayudes, compadre!

Dicen los viejos operadores políticos que una candidatura se construye con tres cosas: tiempo, dinero y relaciones. Sin embargo, olvidan mencionar un cuarto elemento que, en ocasiones, resulta más importante que los demás: la memoria.

Y es que la gente podrá olvidar un eslogan, un discurso o una promesa de campaña, pero rara vez olvida a quienes utilizaron el poder para satisfacer intereses personales, a quienes provocaron divisiones internas, a quienes se aferraron a un cargo o a quienes hicieron del servicio público un cómodo modo de vida.

Por eso, conforme se acerca 2027, comienza a escucharse una frase que parece destinada a convertirse en la banda sonora de la sucesión política en Chihuahua: «No me ayudes, compadre».

La carrera apenas comienza y, aunque todavía falta tiempo para que se definan las candidaturas, la disputa ya se libra en reuniones privadas, mesas de café, comidas de fin de semana, llamadas telefónicas y fotografías cuidadosamente difundidas en las redes sociales.

Todos quieren aparecer.

Todos quieren ser vistos.

Todos quieren formar parte de la historia.

El problema es que no todos deberían hacerlo.

De pronto, reaparecen los eternos operadores; aquellos que han sobrevivido a derrotas, victorias, escándalos, rupturas, cambios de partido y ajustes de conciencia. Son personajes con una extraordinaria habilidad para mantenerse siempre cerca del poder, sin importar el color del uniforme ni el nombre del movimiento.

Son los mismos de siempre, aunque ahora se presenten como los salvadores del futuro.

Algunos se asumen como estrategas infalibles; otros, como consejeros indispensables. También están los especialistas en las intrigas de pasillo, los fabricantes de rumores, los repartidores de promesas y los expertos en fotografiarse junto a quien consideran el próximo vencedor.

Todos aseguran que llegan para ayudar.

Y, quizá, ése sea precisamente el problema.

Porque la memoria es caprichosa y la política es implacable.

La sociedad recuerda quiénes prometieron una cosa y terminaron haciendo otra. Recuerda a quienes cambiaron de convicciones con la misma facilidad con la que cambiaron de oficina. Recuerda a quienes, durante años, confundieron la responsabilidad pública con la conveniencia personal.

También recuerda a quienes perdieron la humildad, a quienes se enamoraron del poder y a quienes terminaron creyendo que los cargos les pertenecían.

Y, por supuesto, tampoco olvida a quienes todavía piensan que la ciudadanía no tiene memoria.

A esa vieja costumbre habría que añadir otra que la realidad se ha empeñado en desmentir una y otra vez. Todavía hay quienes creen que, en el PAN, el candidato debe ser el más panista; en el PRI, el más priista, y en Morena, el más morenista. Como si la militancia, por sí sola, bastara para garantizar la capacidad, la honestidad y los resultados.

Hace mucho tiempo que la ciudadanía dejó de pensar de esa manera. Hoy, el electorado no busca a quien tenga más años de militancia ni a quien pueda presumir la mayor cantidad de fotografías con dirigentes y personajes influyentes. La gente busca a los perfiles mejor preparados, a quienes tengan la experiencia suficiente para asumir la responsabilidad que pretenden ocupar y, sobre todo, a quienes cuenten con una trayectoria capaz de resistir el escrutinio público.

Los tiempos en los que bastaba con portar una camiseta de determinado color parecen haber quedado atrás. El azul, el rojo y el guinda sirven para distinguir a los partidos, pero no son suficientes para convencer a una sociedad cada vez más exigente.

Por eso resulta curioso observar a ciertos aspirantes abrir las puertas de sus proyectos a personajes cuya presencia provoca más dudas que certezas. Como si la cercanía bastara para transferir prestigio y no existiera la posibilidad de que ocurriera exactamente lo contrario.

La lealtad es una virtud.

La gratitud también.

La ingenuidad, en cambio, suele convertirse en un problema.

Lo mismo ocurre en todos los partidos. En unos aparecen los revolucionarios profesionales; en otros, los guardianes de las viejas costumbres; más allá están los defensores del cambio permanente y, por supuesto, tampoco faltan quienes, después de muchos años, todavía se consideran indispensables.

Todos tienen algo en común.

Todos quieren regresar.

Y todos están convencidos de que su presencia representa una aportación invaluable.

Lo cierto es que la política no funciona de esa manera.

A veces, el mejor operador es el que trabaja en silencio.

A veces, el mejor aliado es el que no aparece en la fotografía.

Y, en ocasiones, la mayor muestra de afecto consiste en comprender que ha llegado el momento de hacerse a un lado.

Porque la política tiene reglas extrañas. Una de ellas establece que hay abrazos que asfixian, respaldos que perjudican y amistades que cuestan demasiado.

La otra, mucho más simple, se resume en la sabiduría popular.

«No me ayudes, compadre».

Σλ

By Chihuahua es mi tierra

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