Rojo, azul… y quizá naranja: la mezcla que puede cambiar el tablero

Hay colores que, por separado, representan historias distintas. El rojo tiene una larga tradición política en México; el azul representa otra visión del país y, en años recientes, el naranja comenzó a ocupar su propio espacio. Durante décadas, esos colores han competido, se han confrontado y, en más de una ocasión, se han acusado mutuamente de ser parte del problema.

Pero hay momentos en la vida política de un país en los que las diferencias dejan de ser lo más importante.

Y quizá México esté llegando a uno de ellos.

El guinda, convertido en el color distintivo de Morena, llegó al poder prometiendo una transformación profunda. Con el paso de los años, sus críticos sostienen que esa transformación ha significado retrocesos institucionales, polarización, debilitamiento de contrapesos y decisiones que han generado preocupación sobre el rumbo del país.

Frente a ese escenario surge una pregunta que hace algunos años habría parecido impensable:

¿Y si para enfrentar al guinda tienen que mezclarse el rojo, el azul y quizá también el naranja?

No necesariamente para que desaparezcan las identidades de cada partido. Tampoco para borrar sus diferencias ideológicas. Mucho menos para fingir que nunca existieron rivalidades.

La idea sería mucho más sencilla: entender que hay momentos en los que el objetivo común puede estar por encima de la competencia particular.

El enemigo común no tiene que ser una persona

La política mexicana ha cometido muchas veces el error de convertir al adversario en enemigo y al compañero de partido en adversario permanente.

PRI, PAN y Movimiento Ciudadano tienen historias, ideologías y maneras distintas de entender la política. Han competido entre ellos y seguramente seguirán haciéndolo.

Pero si realmente existe preocupación por el rumbo que está tomando México, la discusión debería trasladarse de “¿quién tiene la razón?” a una pregunta mucho más importante:

¿Qué necesita México para recuperar equilibrio, instituciones, seguridad, crecimiento y certidumbre?

Ahí es donde podría encontrarse un punto de coincidencia.

Porque una alianza no tendría que significar que el rojo se vuelva azul, que el azul se vuelva rojo o que el naranja abandone su identidad.

Significaría algo diferente: mezclar los colores sin perderlos.

Como ocurre en una paleta, cuando varios colores se combinan pueden producir algo completamente distinto.

La fotografía que plantea una posibilidad

La imagen de dirigentes políticos que durante años han representado corrientes diferentes compartiendo un mismo espacio puede parecer solamente una fotografía.

Pero también puede interpretarse como una metáfora del México que viene.

Un México donde las fuerzas opositoras entiendan que, si compiten divididas, pueden terminar facilitando la permanencia de un proyecto político que precisamente se fortalece cuando sus adversarios se fragmentan.

Y aquí aparece el naranja.

Porque quizá la discusión ya no sea solamente entre dos colores.

Quizá el futuro electoral obligue a pensar en una combinación de rojo, azul y naranja, no como una renuncia a las propias banderas, sino como la construcción de un frente capaz de ofrecer una alternativa.

Claro: una alianza de partidos no garantiza absolutamente nada.

Una fotografía tampoco.

Lo que realmente podría hacer la diferencia sería un proyecto común, candidatos competitivos, reglas claras, capacidad para reconocer errores y, sobre todo, una propuesta que vaya más allá del simple discurso de “hay que sacar a Morena”.

Porque para convencer a un país no basta con decir “no”.

Hay que explicar qué sigue después.

México necesita algo más que una suma de siglas

Si alguna vez PRI, PAN y MC, o sectores de ellos, decidieran caminar juntos en determinados espacios, la pregunta fundamental sería qué pondrían sobre la mesa.

Seguridad.

Instituciones fuertes.

Respeto a la división de poderes.

Economía.

Empleo.

Salud.

Educación.

Federalismo.

Y una visión de país capaz de superar la permanente confrontación.

Ahí estaría el verdadero reto.

Porque derrotar electoralmente a Morena puede ser una meta política; rescatar al país, si quienes lo plantean realmente lo creen, tendría que ser la meta superior.

Y para lograrlo quizá sea necesario algo que la política mexicana pocas veces ha conseguido:

que quienes ayer eran rivales entiendan que mañana pueden ser aliados.

Rojo con azul.

Y quizá naranja.

No para crear un nuevo color.

Sino para evitar que el guinda siga siendo el único color dominante en el mapa político nacional.

Al final, la pregunta no es si esos colores combinan.

La pregunta verdaderamente importante es:

¿Serán capaces de mezclarse antes de que sea demasiado tarde?

JSL

By Chihuahua es mi tierra

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