“Si me atrapan o me matan… nada cambia”: el Mayo Zambada frente a su cadena perpetua

 «No amigo, Sinaloa es mío», respondió Ismael el Mayo Zambada García un día que le preguntaron de dónde era originario. El capo que nunca quiso ser mito operaba desde las sombras. El MZ logró permanecer libre durante décadas y su biografía es la muestra de transformación del crimen organizado y el Estado mexicano.

Durante años su figura fue construida por tres narrativas distintas: la del gobierno mexicano, la de Estados Unidos y la del propio narcotráfico.

Por más de 40 años hubo fotografías de Miguel Ángel Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca Carrillo, Amado Carrillo Fuentes y Joaquín Guzmán Loera, pero de él, nada: el hombre más poderoso del narcotráfico mexicano construyó su poder “desapareciendo”.

El lunes 20 de julio, en la Corte del Distrito Este de Nueva York, un hombre de setenta y tantos años escuchará una sentencia que ya conoce de antemano: la única, la cadena perpetua. No habrá sorpresa en el veredicto, su defensa lo ha aceptado por escrito. El cofundador del Cártel de Sinaloa pondrá fin judicialmente al poder que durante más de cuatro décadas construyó su leyenda sobre una sola virtud, la de no dejarse ver.

Ligado a su compadre el Chapo Guzmán hasta el final, será sentenciado por Brian M. Cogan, el mismo juez que en 2019 condenó a cadena perpetua a su socio, quien fue durante años la cara pública de una organización criminal que él dirigía desde la sombra.

Engañado. — Foto: Especial.

Hay algo de simetría judicial en que sea el mismo hombre quien ponga fin, 16 años después, al expediente de los dos hombres que fundaron el cártel más longevo del narcotráfico mexicano. Que ese cierre coincida, además, con la desaparición física, judicial o narrativa del resto de la vieja guardia es lo que sostiene, no sin cierta tentación literaria, la premisa de que no se cierra solamente un caso, sino una era.

Pero pese a este todo, es una lectura simbólica, pues la organización que ayudó a construir no se apaga con su sentencia; se ha fracturado, sí, pero sigue operando bajo otros mandos, entre ellos el de su hijo, Ismael Zambada Sicairos, el Mayito Flaco, quien disputa el territorio con los hijos de Chapo en una guerra que ya lleva casi dos años, con más de mil 700 personas asesinadas.

En Culiacán, la Coparmex contabilizó el cierre de 2 mil negocios y la pérdida de 36 mil empleos en ese mismo periodo. El fin de una era, si lo es, no ha traído paz. Trajo otra guerra.

Su mayor temor

Hay un patrón que se observa, porque probablemente no sea casual: Zambada García sólo habla cuando presiente que el tiempo se le acaba. En febrero de 2010 buscó a Julio Scherer García, fundador de Proceso, para una entrevista clandestina en algún punto de la sierra de Sinaloa. Ahí, entre vasos de jugo de naranja y guardaespaldas, Zambada dejó una frase que hoy se lee como un epitafio adelantado: dijo que podían agarrarlo en cualquier momento, o nunca. Pero confesó algo más revelador: que no le temía tanto a la muerte, pero «tengo pánico de que me encierren”.

Catorce años más tarde, a fines de 2023, volvió a buscar a la revista —el mismo gesto, la misma necesidad de dejar una versión propia antes de que otros la escribieran por él—. Esta vez no fue por vanidad periodística: quería conocer a María Scherer Ibarra, y aprovechó el encuentro, ya pactado con meses de logística clandestina, para conversar de nuevo. La cita ocurrió el 7 de julio de 2024. Habló de las fincas y ranchos donde se había refugiado durante 40 años, de su respaldo a las decisiones de López Obrador, del acuerdo judicial de su hijo el Vicentillo con el gobierno estadunidense, y de quién era, a su juicio, responsable de la violencia que desangraba al país: «Eso pasa porque la autoridad no hace su trabajo», dijo.

Dieciocho días después de esa conversación, el 25 de julio de 2024, Ismael Zambada apareció detenido en un aeropuerto cercano a El Paso, Texas.

Scherer y el Mayo Zambada. — Foto: Archivo Proceso.

Tres versiones de su caída

Lo que sucedió en esos 18 días —y en las horas que precedieron a su llegada a territorio estadunidense— sigue sin una versión única, y probablemente nunca la tenga. Existen, en cambio, tres relatos que conviene distinguir con cuidado, porque no son lo mismo y no deberían presentarse como si lo fueran.

El primero es el que ofreció una fuente de la DEA a Proceso apenas horas después de la detención: que se trató de una entrega pactada, negociada vía intermediarios, entre ellos el propio Vicentillo, y que Zambada, al aterrizar, habría dicho solamente: «Ya llegué». Es una versión de fuente única, sin corroboración independiente, y así debe tratarse.

El segundo es el que el propio Zambada expuso en una carta divulgada semanas después de su detención, y que después repitió con matices ante la corte: que fue citado por Joaquín Guzmán López —hijo del Chapo— a una reunión en las afueras de Culiacán, bajo el pretexto de mediar una disputa política en la que participarían otro líder del cártel y políticos locales, uno de los cuales, dijo, apareció después asesinado. Esa referencia enlaza directamente con el homicidio de Héctor Melesio Cuén Ojeda, ocurrido el mismo día de la caída de Zambada, un caso que continúa abierto y cuyos hilos —incluida la evidencia forense que vincularía la escena del crimen con la desaparición de escoltas del propio Zambada— siguen sin esclarecerse del todo.

El tercero es el que el propio Guzmán López reconoció ante una corte de Chicago en diciembre de 2025, al declararse culpable: un operativo armado, hombres que entraron por un ventanal, un sometimiento físico, una avioneta con destino a Nuevo México, una bebida con sedantes que ambos compartieron durante el vuelo.

Estas tres versiones no son excluyentes: es una historia en que hubo, a la vez, una traición orquestada por el hijo de su compadre, probablemente una negociación paralela que la propia DEA conoce. Pero sólo es una hipótesis de un rompecabezas que lleva años sin solución.

Lo único cierto de esas tres narrativas es un lugar, una finca a las afueras de Culiacán llamada Huertos del Pedregal, que permanece abandonada desde entonces. Ahí terminó, en los hechos, el reinado de bajo perfil que Zambada García sostuvo durante más de cuatro décadas evitando ciudades, fiestas, fotografías, todo lo que sí disfrutaba públicamente el Chapo. Ahí empezó también la guerra que hoy desangra a Sinaloa entre los hijos de uno y el hijo del otro.

El poder desde la sombra

Zambada creció entre el polvo y las oportunidades escasas. Trabajó como chofer repartidor en una mueblería de Culiacán, donde conoció a Rosario Niebla, con quien se casó y tuvo a Vicente, el Vicentillo, su primogénito y consentido. A finales de los setenta, contactos colombianos lo introdujeron en el negocio.

A diferencia del Chapo, que cultivó un mito de audacia y fugas cinematográficas, el Mayo se convirtió en el cerebro invisible. Estratega del Cártel de Sinaloa, maestro en logística, lavado de dinero e infiltración institucional. Aliado de Amado Carrillo Fuentes el Señor de los Cielos, luego protector de Guzmán Loera tras su fuga de Puente Grande en 2001, junto a los Beltrán Leyva. Sobrevivió guerras internas —la muerte de Rodolfo Carrillo Fuentes en 2004, la ruptura con los Beltrán en 2008— y golpes como la detención de su hermano Jesús Rey Zambada o decomisos millonarios.

Mientras otros jefes buscaban imponer su nombre mediante la violencia o el espectáculo, él hizo exactamente lo contrario: aprendió que el poder verdadero consiste en ser indispensable sin convertirse en protagonista.

Cuando comenzó a mover marihuana en la Sierra Madre, México todavía era gobernado por Luis Echeverría, no existía internet, no existían los teléfonos celulares, la DEA apenas empezaba a consolidarse, la cocaína aún no dominaba el mercado estadunidense, el Muro de Berlín seguía en pie y la Unión Soviética existía y pese a todo, él permaneció.

Nunca escapó de una prisión porque nunca conoció una celda. Mientras México cambió tres veces de partido en el poder, de estrategia de seguridad y del discurso político, estaba ahí: “invisible”.

Este lunes, el último gran capo de la vieja guardia sinaloense aceptará el fin de su carrera criminal; coherente con su perfil de “bajo perfil”, se prevé que acepte en silencio la sentencia final. Aunque el negocio está fragmentado, el narcotráfico, como la figura del mito que representa Zambada García, prevalece y en el aire queda el eco de las palabras que le dijo a Scherer García: “Si me atrapan o me matan… nada cambia”.

By Chihuahua es mi tierra

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