Sí, perdí mis privilegios.

“Perdieron sus privilegios”, repiten con frecuencia, como si fuera una consigna suficiente para explicar la realidad de un país complejo. Lo dicen con tono de victoria, como si con esa frase se saldara una deuda histórica y, de paso, se justificara cualquier tropiezo del presente. Y entonces, vale la pena detenerse y responder: sí, quizá perdí privilegios… pero no los que creen.

Perdí el privilegio de aspirar a un gobierno que, con todos sus errores, entendía la importancia de las instituciones. Perdí el privilegio de creer que el aparato de justicia, aunque imperfecto, avanzaba, aunque fuera lentamente, hacia una mayor autonomía. Perdí el privilegio de pensar que la economía podía crecer con cierta estabilidad, generando condiciones para invertir, emprender y planear a futuro sin tanta incertidumbre.

También perdí el privilegio de un debate público menos crispado. No perfecto, no ideal, pero sí menos dominado por la descalificación automática, la etiqueta fácil y la división permanente entre “buenos” y “malos”. Perdí el privilegio de una conversación nacional donde disentir no te colocaba, de inmediato, en el bando equivocado.

Y sí, perdí el privilegio de ver a México mejor posicionado en algunos indicadores internacionales que, aunque no lo son todo, sí reflejan tendencias: competitividad, confianza para invertir, percepción institucional. No eran medallas para presumir, pero sí señales de rumbo.

¿Significa esto que antes todo era correcto? Claro que no. Había corrupción, desigualdad, abusos y una enorme deuda social. Había privilegios reales, ofensivos, que debían desaparecer. Pero una cosa es desmontar excesos y otra muy distinta es debilitar lo que funcionaba, aunque fuera parcialmente, en nombre de una transformación que aún no logra traducirse en resultados consistentes.

El problema no es la intención de cambiar, sino la narrativa que simplifica todo en una lucha entre “privilegiados” y “pueblo”, como si eso bastara para explicar decisiones públicas, errores o retrocesos. Porque cuando todo se reduce a esa lógica, cualquier crítica se descalifica automáticamente y cualquier falla se justifica como parte del proceso.

Así que sí: si perder privilegios significa renunciar a la exigencia de instituciones sólidas, de contrapesos reales, de políticas públicas eficaces y de un debate democrático sin etiquetas, entonces no solo los perdí… los sigo extrañando.

Porque, al final, los mexicanos de verdad sí vivíamos con muchos privilegios: el privilegio de aspirar a un país mejor, de exigirle más a sus gobiernos y de no conformarnos con menos. Privilegios que hoy parecen incómodos… precisamente porque incomodan al poder.

JS 

By Chihuahua es mi tierra

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