Hay defectos que la ciudadanía perdona. La inexperiencia puede corregirse. La soberbia termina cobrándose sola. Incluso los errores administrativos encuentran redención cuando existe humildad para reconocerlos. Pero hay un rasgo que suele marcar para siempre la reputación de un político: la ingratitud.
Porque la política tiene memoria, aunque a veces parezca que no.
En Chihuahua se vive una temporada en la que abundan los movimientos, las renuncias, los reacomodos y las aspiraciones adelantadas. Cada semana aparece alguien convencido de que su crecimiento es exclusivamente producto de su talento, olvidando convenientemente las manos que lo impulsaron, los espacios que le abrieron y las personas que apostaron por él cuando pocos lo hacían.
Es curioso observar cómo algunos personajes, apenas sienten que tienen fuerza propia, comienzan a reescribir su historia. Se presentan como si hubieran llegado solos, como si nunca hubieran necesitado respaldo político, padrinazgos, estructuras o confianza ajena.
Nada más falso.
La mayoría de las carreras políticas no nacen por generación espontánea. Alguien invita. Alguien recomienda. Alguien defiende. Alguien arriesga su propio capital político para colocar a otra persona en una responsabilidad pública.
Y cuando ese alguien es olvidado, ignorado o incluso atacado por quien ayudó a crecer, la traición deja de ser un asunto privado para convertirse en un mensaje público sobre el carácter.
La ingratitud tiene una característica muy particular: casi siempre viene acompañada de la ambición.
El problema no es aspirar a más. Todo político que no aspire a crecer está condenado a desaparecer. El problema aparece cuando el crecimiento exige borrar el pasado, desconocer a quienes construyeron el camino o actuar como si el éxito fuera exclusivamente mérito personal.
En Chihuahua hay ejemplos de sobra.
Los hay en el partido gobernante, donde algunos ya sienten que pueden prescindir de quienes los impulsaron. También en la oposición, donde varios cambian de discurso, de aliados y hasta de principios con una velocidad sorprendente cuando aparece una mejor oportunidad electoral.
Los colores son lo de menos.
La conducta es la misma.
Hay quienes confunden independencia con deslealtad. Creen que para demostrar liderazgo deben romper puentes, desacreditar a antiguos aliados o minimizar a quienes les dieron una oportunidad.
No entienden que una cosa es construir un proyecto propio y otra muy distinta patear la escalera por la que subieron.
Paradójicamente, quienes actúan así suelen justificarse diciendo que “la política es así”. No. La política puede ser competencia, negociación o estrategia. La ingratitud pertenece al terreno de los valores personales.
Y los valores no cambian con el partido.
Por eso llama la atención que algunos personajes hoy dediquen más tiempo a alimentar rencores que a ofrecer resultados. Parecen convencidos de que la memoria ciudadana es corta y de que basta una nueva fotografía o un nuevo discurso para borrar años de relaciones, apoyos y compromisos.
Se equivocan.
En política, la gente puede olvidar un discurso, pero rara vez olvida la forma en que alguien trata a quienes estuvieron con él cuando no tenía poder.
Porque quien traiciona a un aliado por conveniencia difícilmente será leal a un ciudadano cuando la conveniencia cambie.
Quizá ese sea el verdadero filtro que deberían aplicar los partidos al seleccionar candidatos. Más allá de las encuestas, la popularidad o la capacidad de movilización, habría que preguntarse algo mucho más simple: ¿es una persona agradecida?
Porque quien no sabe agradecer tampoco sabe construir equipos. Y quien rompe con facilidad las relaciones que le dieron origen terminará rompiendo, tarde o temprano, la confianza de quienes hoy lo respaldan.
La política cambia todos los días. Los cargos son temporales. El poder siempre pasa.
La reputación, en cambio, permanece.
Y hay etiquetas de las que ningún discurso logra desprenderse.
Una de ellas es la de malagradecido.
