Durante muchos años en México bastaba con portar ciertas siglas para sentirse competitivo. Había partidos que prácticamente ganaban solos. El candidato importaba poco; la marca hacía el trabajo. El ciudadano votaba por tradición, identidad o simple rechazo al adversario.
Pero esa realidad cambió.
Hoy, en plena era del desencanto político, cada vez son más los ciudadanos que dejaron de votar por partidos y comenzaron a votar por personas. Y quizá ahí radica uno de los principales problemas de muchos políticos actuales: siguen creyendo que el logotipo en la boleta pesa más que el perfil que representan.
En Chihuahua, las recientes declaraciones de Rafael Loera, asegurando que el PAN está listo para seguir gobernando en las próximas elecciones, reflejan precisamente esa lógica que poco a poco comienza a desgastarse. Porque una cosa es que un partido conserve competitividad electoral y otra muy distinta es asumir que cualquier candidato puede ganar simplemente por portar determinadas siglas.
La diferencia parece pequeña, pero es enorme.
El ciudadano de hoy ya no compra el “combo completo”. Ya no entrega cheques en blanco por colores o narrativas partidistas. Analiza perfiles, observa trayectorias, revisa resultados y toma decisiones cada vez más personales.
Y eso explica por qué existen políticos muy bien evaluados dentro de partidos cuestionados… y también personajes profundamente rechazados dentro de fuerzas políticas competitivas.
Porque la realidad es incómoda para todos: en Morena hay gente capaz y gente impresentable. En el PAN también. Igual en el PRI, Movimiento Ciudadano o cualquier otra fuerza política.
Ningún partido tiene el monopolio de la honestidad ni de la incompetencia.
Por eso resulta cada vez más arriesgado refugiarse únicamente en la “marca”. Especialmente cuando los números internos muestran otra realidad.
Las encuestas rumbo a la alcaldía de Chihuahua capital colocan a Rafael Loera muy por debajo de otros perfiles panistas con mayor posicionamiento y crecimiento ciudadano. Y eso no necesariamente representa un problema para el PAN como institución; representa un problema para ciertos perfiles que aún creen que la camiseta alcanza para conectar con la ciudadanía.
No alcanza!
Porque el votante actual distingue.
Entiende que un mal candidato puede arruinar incluso al partido más competitivo. Y también comprende que un buen perfil puede crecer aun cuando su fuerza política atraviese momentos complicados.
De hecho, el ejemplo más claro en Chihuahua ocurrió en 2021 con Maru Campos.
Más allá de las siglas del PAN, la hoy gobernadora construyó una candidatura basada en su perfil personal, su historial político y el posicionamiento que había logrado previamente como alcaldesa de la capital. En medio de ataques políticos, investigaciones y una elección altamente polarizada, gran parte de su fortaleza electoral provino de una percepción ciudadana construida alrededor de su figura, no solamente del partido que la postuló.
Ese fenómeno tiene nombre: voto candidatista.
Un tipo de elector que no vota por fanatismo partidista, sino por capacidad individual. Que no se deja seducir únicamente por discursos ideológicos o campañas de polarización. Que observa quién tiene liderazgo, resultados, preparación y cercanía real con la gente.
Y esa tendencia está transformando la política mexicana.
Por eso cada vez resulta menos efectivo escuchar a políticos hablar exclusivamente de “la fuerza del partido”, “el proyecto”, “el movimiento” o “la marca”. Porque mientras ellos hablan del escudo, el ciudadano está observando al jugador.
Al final, los partidos son vehículos. Pero quien toma decisiones, administra presupuestos y gobierna ciudades es la persona que aparece en la boleta.
Y quizá ahí está la gran lección que muchos todavía no terminan de entender: las siglas pueden abrir la puerta… pero ya no garantizan que la gente quiera dejarte entrar.
