Se acabó la fiesta… a pagar la cuenta.

Durante años, el poder en México se acostumbró a una peligrosa comodidad: la de negar lo evidente. La de disfrazar la inseguridad con discursos, la de justificar lo injustificable y, sobre todo, la de cerrar filas cuando las sospechas tocaban a los suyos.

Hoy esa burbuja empieza a romperse.

Las acusaciones desde Estados Unidos contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, no son un simple diferendo diplomático. Son una advertencia directa: la tolerancia internacional hacia los vínculos entre política y crimen organizado se terminó.

Y lo más incómodo no es la acusación en sí, sino la reacción automática del régimen: negarlo todo.

El respaldo inmediato desde la cúpula de Morena, incluyendo a Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, no sorprende. Es parte de una lógica que ha dominado los últimos años: primero proteger al aliado, después revisar los hechos… si es que se revisan.

Pero ese reflejo político hoy es insostenible.

Porque mientras en México se habla de “falta de pruebas”, en Estados Unidos ya hay expedientes, acusaciones formales y una ruta judicial clara. No es narrativa: es proceso.

Y cuando la justicia avanza fuera, la política interna queda exhibida.

Aquí es donde el tema deja de ser lejano.

En Chihuahua sabemos bien lo que significa convivir con la violencia, con el crimen organizado y con gobiernos que, en el pasado, prefirieron pactar antes que enfrentar.

Por eso este caso no debe verse como un escándalo ajeno, sino como una advertencia cercana.

Porque si algo ha quedado claro en los últimos años, es que cuando el poder se mezcla con el crimen, las consecuencias terminan alcanzando a todos: a los estados, a las ciudades y a los ciudadanos que pagan el precio en inseguridad.

Mientras el oficialismo insiste en minimizar, en estados como Chihuahua se ha intentado, con errores y aciertos,  marcar distancia de esa lógica de permisividad.

No es un tema menor.

Porque el país empieza a dividirse en dos rutas claras:

* la de quienes siguen justificando y negando,
* y la de quienes entienden que sin Estado de derecho no hay futuro.

Y esa diferencia, tarde o temprano, tendrá consecuencias políticas.

El problema para Morena no es solo el caso de Rocha. Es el precedente.

Porque si las investigaciones avanzan, si los testimonios se confirman y si la presión internacional escala, la pregunta dejará de ser quién está acusado… y pasará a ser quién lo respaldó.

Ahí es donde la factura política se vuelve colectiva.

Durante años hubo simulación:
discursos de combate al crimen mientras se evitaban confrontaciones reales,
acusaciones desestimadas como “ataques políticos”,
y una narrativa que pretendía convencer a todos de que no pasaba nada.

Pero sí pasaba.

Y hoy, con investigaciones abiertas, con presión internacional y con un escrutinio cada vez mayor, esa simulación se derrumba.

La fiesta terminó.

Y esta vez, a diferencia de otras ocasiones, no parece haber manera de evitar pagar la cuenta.

Σλ

By Chihuahua es mi tierra

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