Hay algo que deberíamos hacer con más frecuencia en Chihuahua: mirarnos al espejo antes de mirar la vida de los demás.
Porque vaya que nos gusta juzgar.
Aquí podemos saber en cinco minutos quién es buen padre, quién es mal esposo, quién engañó a quién, quién tiene dinero de más, quién está endeudado, quién fracasó en su negocio, quién se divorció, quién regresó con su pareja, quién anda con quién y hasta quién “se siente mucho”.
Todo, por supuesto, sin conocer realmente la historia.
Porque para eso están las redes sociales.
Facebook convirtió a muchos en jueces.
X convirtió a otros en analistas políticos.
Y los grupos de WhatsApp… bueno, esos ya son prácticamente tribunales de justicia sin derecho a defensa.
Alguien publica una fotografía y comienzan los comentarios.
Alguien comete un error y aparece una jauría.
Alguien tiene un problema y rápidamente surge quien asegura conocer la verdadera razón.
Y cuando alguien intenta explicar, ya es demasiado tarde.
La sentencia está dictada.
Culpable.
¿Pruebas?
No hacen falta.
“Me dijeron”.
“Yo escuché”.
“Un amigo sabe”.
“Yo conozco a alguien que estuvo ahí”.
Y con eso basta para destruir una reputación.
Lo más curioso es que muchos de esos jueces tienen amigos.
Y aquí viene la pregunta que da título a esta columna:
¿Todos tus amigos son perfectos?
Seguramente no.
Entonces, ¿por qué cuando alguien que no nos cae bien se equivoca, exigimos que pague con intereses?
¿Por qué somos tan comprensivos con los errores de nuestros amigos y tan despiadados con los errores de los demás?
¿Por qué cuando nuestro amigo tiene un problema decimos:
“Hay que escucharlo, seguramente tiene sus razones”.
Pero cuando se trata de alguien que no queremos:
“¡Ya ven! Siempre fue así”.
Eso no es justicia.
Eso es conveniencia.
Y quizá uno de los mayores problemas que tenemos como sociedad es precisamente ese: hemos aprendido a medir a los demás con una regla distinta a la que utilizamos para medirnos a nosotros mismos.
A nuestros amigos les conocemos la historia.
Sabemos de dónde vienen.
Sabemos lo que han sufrido.
Sabemos las veces que se han equivocado y también las veces que han sabido levantarse.
Pero al desconocido lo reducimos a una publicación.
A una fotografía.
A un video de 30 segundos.
A un comentario.
A un rumor.
Y con eso creemos tener derecho a definir toda su vida.
Chihuahua es una ciudad pequeña para tanta gente que habla.
Aquí nos conocemos.
O creemos conocernos.
Porque la realidad es que muchas veces conocemos únicamente la versión que alguien decidió contarnos.
Y la vida real es mucho más complicada.
Hay personas que sonríen mientras atraviesan problemas enormes.
Hay matrimonios que parecen perfectos en Facebook y no lo son.
Hay personas que aparentan tenerlo todo y están luchando para no perderlo.
Hay quienes cometieron errores y están intentando corregirlos.
Hay quienes cayeron y están tratando de levantarse.
Y también hay quienes simplemente quieren vivir su vida sin tener que darle explicaciones a nadie.
Pero en las redes sociales parece que hemos olvidado algo elemental:
Que tener una opinión no nos convierte en dueños de la verdad.
Y que compartir una publicación no nos convierte en investigadores.
Mucho menos en jueces.
Porque una cosa es cuestionar a quien ocupa un cargo público.
Eso es necesario.
Una cosa es exigir cuentas a un funcionario.
Eso es democracia.
Una cosa es denunciar un hecho cuando existen pruebas.
Eso es responsabilidad.
Pero otra muy diferente es utilizar las redes para convertir la vida privada de las personas en entretenimiento.
Ahí ya no estamos hablando de libertad de expresión.
Estamos hablando de crueldad.
Y la crueldad, cuando se practica desde un teléfono celular, parece todavía más fácil.
Porque no vemos el rostro de la persona que estamos lastimando.
No vemos a sus hijos.
No vemos a sus padres.
No vemos su preocupación.
No vemos sus noches sin dormir.
Solo vemos una pantalla.
Y detrás de esa pantalla nos sentimos valientes.
Pero cuidado.
Porque la vida tiene una manera muy extraña de poner a cada quien en su lugar.
Hoy puedes estar riéndote del problema de alguien.
Mañana puedes estar viviendo exactamente lo mismo.
Hoy puedes señalar un divorcio.
Mañana puedes estar pasando por uno.
Hoy puedes burlarte del fracaso de un negocio.
Mañana puede ser tu negocio el que cierre.
Hoy puedes juzgar a un padre.
Mañana puedes descubrir que tus propios hijos también se equivocan.
Hoy puedes condenar a alguien por una decisión.
Mañana puedes tener que tomar una decisión igual de difícil.
Y entonces quizá entiendas algo que nunca entendiste mientras estabas del otro lado:
Que es muy fácil juzgar una historia cuando no eres tú quien la está viviendo.
Por eso quizá necesitamos menos dedos señalando y más manos ayudando.
Menos comentarios venenosos y más conversaciones.
Menos rumores y más preguntas.
Menos condenas y más humanidad.
Porque nadie llega a este mundo con una vida perfecta.
Todos tenemos capítulos que no presumimos.
Todos tenemos errores que preferiríamos que nadie conociera.
Todos tenemos decisiones de las que aprendimos.
Todos tenemos alguna parte de nuestra historia que, si fuera publicada mañana en redes sociales, probablemente no nos gustaría.
Así que antes de escribir ese comentario…
Antes de compartir aquel rumor…
Antes de burlarte de alguien…
Antes de sumarte al linchamiento digital…
Hazte una pregunta:
¿Me gustaría que alguien hiciera exactamente lo mismo conmigo?
Y si la respuesta es no, quizá lo más inteligente sea cerrar el teléfono.
Porque, finalmente, nadie es tan perfecto como para convertirse en juez de la vida de los demás.
Ni tú.
Ni yo.
Ni nuestros amigos.
Y mucho menos esos personajes que todos conocemos y que en Facebook parecen tener una vida impecable, un matrimonio perfecto, hijos ejemplares, negocios exitosos, una moral intachable y soluciones para todos los problemas del mundo.
Porque quizá, si algún día les conocemos la historia completa, descubriremos que tampoco son tan perfectos.
Y entonces volvemos a la pregunta inicial:
¿Todos tus amigos son perfectos?
No.
Pero quizá esa sea precisamente la razón por la que son tus amigos.
Porque la amistad verdadera no consiste en rodearse de personas perfectas.
Consiste en conocer sus defectos, sus errores, sus tropiezos y sus historias…
y aun así decidir quedarse.
Eso es lo que deberíamos aprender también como sociedad.
A dejar de exigir perfección a los demás mientras justificamos nuestras propias imperfecciones.
Porque al final del día, cuando se apagan las redes sociales y nos quedamos solos frente al espejo, el único juicio del que realmente deberíamos preocuparnos es el nuestro.
