Normalmente cuando la ambición le gana a la inteligencia: ningún partido pierde una elección únicamente por culpa de la oposición. Muchas veces comienza a perderla desde adentro.
En Chihuahua ya empezaron a aparecer esas pequeñas campañas de desgaste disfrazadas de “consultas ciudadanas”, “encuestas” o mensajes que circulan por grupos de WhatsApp y otras aplicaciones. Publicaciones cuidadosamente elaboradas para sembrar dudas, etiquetar personas y enviar un mensaje que poco aporta al debate de ideas y mucho a la división interna.
No hace falta mencionar nombres. Todos saben de qué se está hablando.
Lo verdaderamente preocupante no es que existan estas prácticas; la política siempre ha conocido el juego sucio. Lo preocupante es que provengan de quienes, en teoría, persiguen el mismo objetivo electoral.
Porque mientras unos dedican tiempo a construir un proyecto competitivo, otros parecen empeñados en destruir cualquier perfil que pueda representar una amenaza para sus aspiraciones personales o para los privilegios que durante años han conservado dentro del partido.
Y ahí comienza el verdadero problema.
Quienes diseñan este tipo de campañas parecen olvidar una realidad que las elecciones recientes han dejado muy clara: la militancia ya no decide por sí sola las elecciones.
Las decide el ciudadano sin partido.
Ese ciudadano que nunca ha pagado una cuota partidista, que jamás ha acudido a una reunión de comité y que no siente obligación de votar siempre por las mismas siglas.
Ese elector es, hoy por hoy, la mayoría.
Y es precisamente ese ciudadano el que suele sentirse agraviado cuando escucha discursos que reducen la política a una especie de certificado de pureza partidista. Cuando desde un grupo político se pretende hacer menos a alguien únicamente por no haber nacido o crecido dentro de sus filas, el mensaje no solamente alcanza al aspirante. También alcanza a miles de ciudadanos que tampoco militan en ningún partido.
¿Con qué autoridad moral puede decirse que alguien vale menos por no haber pertenecido siempre a una organización política, cuando la inmensa mayoría de los votantes tampoco pertenece a ninguna?
Ese tipo de mensajes terminan siendo excluyentes.
Transmiten la idea de que primero está la militancia y después la ciudadanía.
Y justamente esa percepción es la que ha provocado que millones de mexicanos dejen de identificarse con los partidos tradicionales.
La política del siglo XXI ya no premia credenciales de militancia.
Premia resultados.
Premia experiencia.
Premia capacidad.
Premia honestidad.
Premia trayectorias.
Por eso resulta un error estratégico centrar una discusión en el color de una camiseta cuando el ciudadano común está observando algo completamente distinto.
El elector independiente no pregunta primero de qué partido viene un aspirante.
Pregunta quién es.
Qué ha hecho.
Qué experiencia tiene.
Qué resultados puede demostrar.
Y, sobre todo, qué tan limpio llega.
Porque las campañas modernas ya no se ganan con discursos para los convencidos. Se ganan conquistando a quienes todavía no deciden.
Mientras algunos siguen atrapados en la lógica de las tribus políticas, el ciudadano observa desde fuera con una pregunta muy sencilla: ¿quién está mejor preparado para gobernar?
La respuesta nunca dependerá únicamente de un logotipo.
Dependerá del perfil.
Del carácter.
De la capacidad para construir acuerdos.
Del prestigio profesional.
Y de una trayectoria libre de escándalos que puedan convertirse en un lastre durante una campaña.
Quizá por eso resulta tan difícil entender el empeño de ciertos grupos por desacreditar perfiles competitivos desde el interior del propio partido. Porque la percepción que generan no es la de un partido fuerte, sino la de un partido dividido, donde algunos parecen estar más preocupados por conservar posiciones de poder y privilegios personales que por construir la mejor oferta para los ciudadanos.
Es la vieja política del “si no soy yo, no será nadie”.
Y esa estrategia casi nunca termina bien.
La historia electoral está llena de ejemplos donde el fuego amigo hizo más daño que la oposición.
Mientras unos desgastaban al compañero de partido, el adversario esperaba pacientemente el momento para recoger los beneficios de esa división.
En política, pocas cosas resultan tan costosas como llegar fracturados a una elección.
Quien crea que una cadena de WhatsApp, una encuesta tendenciosa o una campaña de etiquetas definirá el voto ciudadano está leyendo un país que ya no existe.
Los electores son mucho más exigentes.
Y, sobre todo, mucho más independientes.
En 2027, la elección no la decidirán quienes presumen una militancia de décadas.
La decidirán quienes nunca han militado en ningún partido y esperan encontrar al mejor perfil, sin importar de dónde venga.
Por eso, la verdadera competencia debería darse comparando trayectorias, capacidades, resultados y credibilidad.
No campañas de desprestigio.
No etiquetas.
No intrigas.
Porque al final, cuando llegue el momento de votar, el ciudadano no elegirá el color de una credencial partidista.
Elegirá a la persona en quien más confíe.
Y cuando un proyecto político tiene la inteligencia de apostar por perfiles con experiencia, capacidad de diálogo, conocimiento del servicio público y una trayectoria que resiste el escrutinio, deja de hablarle únicamente a su militancia y comienza a hablarle a toda la sociedad.
Ahí radica la diferencia entre una candidatura que entusiasma sólo a los de casa y una que puede conquistar el voto de quienes realmente decidirán la elección.
Porque las elecciones del futuro ya no las ganan los partidos.
Las ganan los mejores perfiles.
