En la política mexicana hay coincidencias que ya parecen método. Cada vez que Morena enfrenta señalamientos delicados, investigaciones incómodas o escándalos que golpean directamente a personajes ligados al oficialismo, de inmediato aparece una nueva cortina de humo. Un tema reciclado, una confrontación artificial, un enemigo inventado o una narrativa polarizante diseñada para cambiar la conversación pública.
Hoy no es distinto. Mientras desde Estados Unidos comienzan a surgir acusaciones y señalamientos contra integrantes vinculados al movimiento obradorista, y con la expectativa de que podrían venir más revelaciones, la maquinaria política de Morena parece más concentrada en distraer que en explicar. La estrategia es clara: convertir cualquier debate en un espectáculo político para evitar responder lo verdaderamente importante.
El problema para el oficialismo es que ya no se trata solamente de críticas de la oposición mexicana. Las dudas y sospechas empiezan a cruzar fronteras. Y cuando los señalamientos provienen de organismos, investigaciones o agencias estadounidenses, el discurso de “persecución política” pierde fuerza y comienza a exhibir algo mucho más preocupante: una profunda crisis de credibilidad.
Durante años, Morena construyó su narrativa asegurando que representaba la “transformación moral” del país. Se vendieron como distintos, como incorruptibles, como la alternativa frente a los excesos del viejo sistema político. Sin embargo, con el paso del tiempo, muchos de sus perfiles terminaron reproduciendo exactamente las mismas prácticas que juraron combatir: opacidad, tráfico de influencias, uso faccioso del poder y protección política entre grupos cercanos.
La diferencia es que ahora el nivel de cinismo parece aún mayor. Porque mientras intentan mantener el discurso de superioridad moral, cada vez son más frecuentes los escándalos relacionados con personajes de la llamada izquierda mexicana. Y lejos de abrir investigaciones serias o asumir responsabilidades políticas, la reacción inmediata suele ser atacar periodistas, desacreditar medios críticos y fabricar distractores desde las conferencias oficiales o desde la maquinaria digital afín al régimen.
La izquierda mexicana que prometió combatir la corrupción terminó normalizando prácticas que antes condenaba con ferocidad. Lo que antes era “corrupción neoliberal”, hoy es minimizado, justificado o simplemente ignorado cuando involucra a personajes cercanos al poder. La vara moral cambió convenientemente según el color del partido.
Y mientras eso ocurre, Morena sigue apostando a la polarización como mecanismo de supervivencia política. Dividir al país entre “buenos y malos”, “pueblo y conservadores”, “aliados y traidores”, se ha convertido en la herramienta favorita para evitar que la discusión pública se centre en los resultados, la inseguridad, el deterioro institucional o los vínculos incómodos que comienzan a rodear a ciertos sectores del oficialismo.
Pero la realidad tiene un límite. Las campañas de propaganda pueden contener temporalmente una crisis mediática, pero no borran los hechos ni eliminan las preguntas. Y cuando los señalamientos empiezan a acumularse dentro y fuera del país, el discurso victimista termina agotándose.
Porque al final, el problema de Morena no es la oposición, ni los medios, ni Estados Unidos.
El verdadero problema de Morena es que el movimiento que prometió ser distinto empieza a parecerse demasiado a aquello que tanto decía combatir.
“Porque cuando un gobierno necesita más distractores que resultados, es señal de que el discurso ya no alcanza para esconder la realidad.”
