Mientras los partidos siguen entretenidos contando encuestas, acomodando aspirantes y filtrando columnas para medir quién amanece mejor posicionado, la elección de 2027 ya comenzó. No en las urnas. En la percepción de los ciudadanos.
Y ahí está la primera gran diferencia.
La política tradicional sigue creyendo que una campaña inicia cuando aparecen los espectaculares. La sociedad, en cambio, comienza a decidir mucho antes: cuando compara resultados, cuando evalúa si su ciudad está mejor que hace tres años o cuando concluye que un gobierno cumplió, o no, con lo prometido.
Por eso resulta curioso observar el debate público de las últimas semanas. Se habla de nombres, pero poco de proyectos. De alianzas, pero no de soluciones. De encuestas, pero casi nada de problemas reales.
Mientras unos discuten quién será candidato, miles de productores esperan certidumbre para recuperar plenamente las exportaciones de ganado; los empresarios siguen buscando condiciones para atraer inversiones; las familias exigen seguridad y los jóvenes esperan oportunidades que les permitan quedarse en Chihuahua en lugar de buscar futuro en otro estado.
La política suele cometer un error recurrente: creer que la conversación de las élites es la conversación de la calle.
No lo es.
En los cafés políticos se discuten porcentajes. En las colonias se habla del costo de la vida.
En las mesas de análisis se especula sobre candidaturas. En las casas se pregunta si habrá empleo, agua, transporte y tranquilidad.
Ese contraste terminará definiendo la próxima elección.
Quien logre convencer de que puede ofrecer estabilidad tendrá una ventaja considerable. Chihuahua, históricamente, ha demostrado ser un electorado más pragmático que ideológico. Puede cambiar de partido cuando considera que las cosas no funcionan, pero también suele respaldar la continuidad cuando percibe resultados concretos.
Por eso los próximos meses serán menos una competencia de discursos y más una evaluación de gobiernos.
Cada obra inaugurada, cada inversión anunciada, cada problema resuelto, o cada crisis mal atendida, pesará mucho más que cien boletines de prensa.
La oposición necesita construir una alternativa creíble y no solamente una crítica permanente. El oficialismo, por su parte, tendrá que demostrar que aún conserva capacidad para entregar resultados y mantener la confianza ciudadana.
Porque las campañas modernas ya no se ganan únicamente con estructuras electorales.
Se ganan con credibilidad.
Y la credibilidad no se fabrica en una sala de estrategia.
Se construye todos los días.
Cuando llegue oficialmente el arranque de las campañas, muchos creerán que ahí empezó la contienda.
La realidad será otra.
Para entonces, buena parte de los ciudadanos ya habrá tomado una decisión silenciosa.
Las urnas solamente confirmarán lo que la confianza, o la desconfianza, comenzó a escribir muchos meses antes.
